De pequeño era hipocondríaco hasta la médula; pero de esos que dejaba a la altura del betún al mismísimo Woody Allen. Si había una enfermedad a mi alrededor yo la asumía con orgullo y me la ponía como una chaqueta hecha a medida; también en muchas ocasiones pensaba que mi cuerpo era como un potente imán que arrancaba las enfermedades de los demás (a modos de milagro mariano) para que estas se adhirieran a mí de manera irremediable. No os penséis que era selectivo con los padecimientos, no. No sólo asimilaba las enfermedades comunes también las curiosas me atormentaban día sí y noche y por supuesto había cabida a todo tipo de enfermedades imaginarias a cada cual más extraña.

Dejadme que os explique...
Recuerdo una noche de considerable angustia... tendría unos once o doce años en donde confundí el goteo de uno de los grifos del baño con una absurda paranoia en la que mi riñón derecho perdía una suerte de liquido (orina o sangre o ambas cosas) en mi interior por lo que era el causante de tal sonido. La de vueltas que di en la cama tratando de evitar escuchar ese goteo para, de esta forma parar una posible enfermedad definitiva o mortal. ¿Os habéis fijado alguna vez en esas manchitas negras del tamaño de una mota de polvo que aparecen en la sopa, en las verduras, en el yogurt, la sal, el azucar o en cualquier otro alimento? Pues bien de pequeño pensaba que eran las encargadas de producirnos cáncer si las ingerías.

Otra de mis más absurda de mis paranoias tenía que ver con los terribles efectos del champú al entrar en en contacto con los ojos. Tenía espantosas pesadillas en las que el iris y la pupila desaparecían de mi cara dejándome los ojos de un blanco inmaculado después de derramar un poco jabón entre mis parpados. En mis sueños observaba angustiado frente al espejo como el color azul y el negro dibujado en mis corneas se diluían de forma irremediable derramándose por mis mejillas como una especie de grotescas lágrimas... Pero eso no es todo, en ocasiones el champú era tan agresivo (supongo que tendría más ingredientes maléficos o por el contrario era de los de marca blanca) que no sólo disolvía el color de mis ojos, sino que también destruía la cornea dejando a la vista un repugnante agujero mucoso y sangriento de tonos rosados.

Sin alejarnos el tema oftalmológico... Desde muy niño tenía verdadero pavor hacia quienes padecían estrabismo; ver un bizco cerca de mí era como sufrir el presencia de un extraterrestre de un planeta hostil. Tenía miedo de que si me miraba su maldición estrábica se apoderaría de mi cuerpo, bueno en este caso de uno de mis ojos que lo torcería hacia casi hacerlo desaparecer por el lagrimal. En mi barrio había un par de niños estrábicos. Eran esos niños que iban con parches en los ojos y con gafas tan gruesas y pesadas que podría hacer dolorosas hendiduras sobre el puente de su nariz. Un día me armé de valor y me atreví a preguntarle a uno de ellos, un niño de mi edad y cuya madre de nacionalidad Suiza era conocida por doquier como “La loca de los gatos”, cómo se había transformado en bizco. El crío debió pensar que yo era un gilipollas (en el fondo he de reconocer que un poco si lo era) por lo que aprovechó para echar rienda suelta a su imaginación y contarnos a mi hermana y a mi la horripilante historia en la que un día, tras despertarse, comenzó a notar un terrible escozor en uno de sus ojos y tras frotárselo, de repente comenzó a nublarse la vista mientras sentía como su globo ocular, sin pedirle permiso alguno, se le torcía irremediablemente hacia la base de su nariz... He de decir que escuché todo su relato con verdadero afán pero también con auténtico terror. A partir de entonces, cada mañana, tras levantarme corría hacia el baño para ver si uno de mis ojos se había salido de órbita, cuando estos me picaban no me los rascaba y cuando me salía un orzuelo me encomendaba a todos los santos (incluído el niño Jesús) para que cualquiera de mis ojo permaneciesen perfectamente alieneados y su lugar correspondiente... ¡Huy!, se me olvidaba añadir que el día que descubrí que mi pupila de dilataba y se contraía (en una de esas revisiones oculares paranoicas) emití un grito de pavor en el que desperté a media casa.

Sí, cuando otros niños pensaban en fútbol o en jugar a soldados yo lo hacía en enfermedades. Era mis monstruos del armario predilectos; pero he de dejar claro que todo lo que pasaba por mi cabeza no era producto de mi imaginación... bueno, ésta se encargaba de exagerar muchas de las cosas que escuchaba de personas que se lo contaban a mi madre. Aunque me producían horrores me interesaba muchísimo saber sobre la muerte de otros niños tras a contraer determinadas enfermedades (lo de la meningitis y como a quienes la sufrían se les ponía el cuello rígido y la cabeza mirando el zenit me causaba verdadera angustia) mucho más que cuando el que se moría era un adulto o un anciano. Durante mi infancia conocí varios casos de niños del barrio (o de mi entorno familiar) que habían muerto debido a enfermedades desagradables. Muchos de ellos eran de mi edad lo que multiplicaba mis comeduras de coco imaginando a un fantasmagórico y malvado jinete del apocalípsis rondando por la noches las calles de mi barrio (o ajenos) en busca de carne tierna cual lobo silencioso...

De todas las historias truculentas que escuché la que se lleva la palma era la trágica muerte de una niña, vecina de mis tíos que, una tarde tras venir del colegio le comentó a su madre que le dolía mucho un costado. Fue la propia madre la que nos contó la historia entre lágrimas, yo recordaba a esa niña, morena, con trenzas cara simpática y muy cariñosa, el verano anterior jugando con mi hermana en la piscina de la torre de mis tíos. Pues bien, la madre nos contó que la pobre cría comenzó a vomitar de repente algo oscuro y denso, como sangre. Mi tía muy dada a la exageración (sobre todo cuando a temas de salud se trataba) apuntó que lo que la niña vomitaba era su hígado (el de la niña no el de mi tía, mi madre para añadir mas conjeturas decía que la sangre se la había hecho agua...) Yo, mientras escuchaba la historia, me imaginaba la escena donde pedazos de todos los tamaños de hígado salían escupidos de la boca de la niña mientras su madre le aguantaba la frente sobre la taza del water (por cierto siempre me he preguntado porqué las madres o quienes estén a nuestro lado nos ponen la mano en la frente para aguantar la cabeza mientras vomitamos ... ¿Será para que de una arcada no nos golpeemos con la cerámica del inodoro?) Bueno la cosa es que la pobre cría comenzó a perder mucha sangre, a sentirse muy débil y cada vez muy mal; tenía muchísimo frío, fuertes dolores abdominales y no se aguantaba en pie. No sé si su madre la llevó al hospital o no, sólo recuerdo que ambas acabaron acostadas en la cama, bien abrazadas mientras la niña no dejaba de repetirle a su madre: “Mamá, abrazame más fuerte que mucho frío...” así hasta que minutos más tarde la niña se murió... Son historias que se quedan marcadas en la mente con fuego. Forman parte de nuestro universo de la psique, de la zona más caótica del mismo.

Dentro de mi aprensión precoz a las enfermedades se encontraba también la ser pinchado con una aguja, tanto para sacarme sangre como para meter medicamentos en mi cuerpo. A los siete o ocho años sufrí una especie de anemia galopante (yo por aquel entonces era más bien esmirriado y me cansaba con una facilidad pasmosa, vamos me pesaban hasta la uñas y el pelo de la cabeza) la señora que nos hacía la faena en casa y que alguna vez nos acompañaba al colegio sufría mucho conmigo, le decía a mi madre “¡Hay, señora Maruja, su hijo se me muere por el camino, que penita me da!” Ya por aquel entonces me habían dado un par de jamacucos (léase ataques de ansiedad) en los que pensaba que me moría. Uno de ellos sucedió en la cafetería de El Corte Inglés y fue bastante desagradable y sonado. Mi madre, harta de mis “perfomances” decidió llevarme al médico, concretamente al Doctor Odriozola que vivía y pasaba consulta en el mismo edificio donde vivíamos (y hasta la fecha seguimos viviendo, bueno por lo menos yo). Recuerdo que al hombre no se le ocurrió otra cosa que sugerirle a mi madre hacerme un análisis de sangre y a mi eschucharlo...

Creo que ese día Stan Lee también estaba en su consultorio y se inspiró en mí para crear a “El Increíble Hulk” lo más gracioso de todo (pienso que el tal Odriozola era masoquista o algo por el estilo) es que a la semana siguiente se le ocurrió volverme a pinchar... En esa ocasión los gritos que metí deberían haberse escuchado a seis mil kilometros a la redonda. Al final, tras una lucha encarnizada entre él y yo que ríete del exorcismo de Regan McNeil por los padres Merrin y Karras (recuerdo a mi madre sudando la gota gorda mientras me sujetaba como un cochinillo el día de la matanza) consiguió sacarme sange por segunda vez. Yo cabreado como una mona y exausto pensaba que por qué lo había hecho de nuevo si ya que la semana anterior me había sacado suficiente como por los menos una centena de pruebas. El resultado final fue que el niño padecía una anemia de las muy serias. Me recetaron unas pastillas rojas y grandotas que parecía cuagulos de sangre y tuve que tomar una dieta rica en hierro consistente en hígado a la plancha, lentejas, sangre cuagulada (que con cebolla e hígado estaba de vicio) Ah, y un jarabe repugnante, negruzco y espeso que sabía a mil demonios.

No sólo me recuperé de la anemia sino que también comencé a crecer a lo ancho. Conmigo también crecían las paranoias sobre enfermedades aunque esta vez me transformé en un hipocondríaco mucho más selectivo. Ya no me daba yuyu perder ojos, ni morir con el cuello para atrás o sufrir vómitos sanguinolientos, mi terror era exclusivamente dedicado al cáncer, en todas su formas y variedades. Por aquel entonces en mi bloque había un niño al que diagnosticaron un cáncer de riñón. El pobre jugaba en la calle cuando podía y siempre me fijaba con angustia en su cabeza, parecida a una bola de billar. Me producía mcuho asombro y repelús ver a un niño calvo. Mi madre me contaba que era por el cáncer, sin especificar que era por el tratamiento que le aplicaban. Así pues cada vez que se me caía el pelo me imaginaba que había contraído un cáncer (seguro que por haberme rozado con el niño, porque pensaba que el cáncer se pillaba por contacto incluso por hablar con una persona que lo padecía; o peor aun, por haber olvidado de apartar una de esas partículas negras de la comida...) de los chungos en cualquier sitio que en eso momento me doliera.
Afortunadamente mi hipocondría desapareció cuando a los diecisiete años, una noche, estando en la calle, me entró una ataque de ansiedad en el que pensanba que en ese momento mi cuerpo estaba siendo victima de una leucemia. Fue tan intenso dicho ataque que sus efectos duraron un largo año, donde entre angustias y recaídas pensaba que me estaba muriendo. Es curioso el cuerpo humano, sobre todo la capacidad que tiene para putear a la mente, pero empecé a adelgazar y encontrarme francamente mal de salud. La cosa terminó cuando una amiga y vecina psicóloga (y Argentina) me recetó un análisis de sangre (esta vez acudí a hacerlo sin montar shows) para verificar sobre todo que mis glóbulos rojos estaban bien vivitos y coleando y que todo era producto d emi imaginaión.
Creo que aquello fue la gota que colmó el vaso y el mejor escarmiento que pude llegar a tener para convencerme de que con las enfermedades no se juega.
Mañana más...
