domingo, abril 13, 2008

Redención. Episodio 2.

4. Vayamos al Este… No, mejor hacia al Oeste.

Nunca fuimos a Rumanía. Un golpe de estado lo echó todo a perder. Buscamos un nuevo destino. El candidato elegido fue Egipto. Estuvimos aguantado su candidatura hasta un par de meses antes de partir. Al final lo dejamos pasar porque el viaje iba a ser en agosto y el tema temperaturas nos echó repentinamente para atrás. Un familiar suyo le sugirió Cuba. Era un lugar barato, con buen clima y se comía muy bien. Curiosamente y en ningún momento se habló de turismo sexual. Nunca salió a la luz, incluso estando ya allí, con unos momentos tan tensos que invitaban a salir a buscar un inmediato desahogo. Cuando me comentó lo de visitar la isla caribeña no me pareció mal. Yo con tal de viajar y más aun con él me daba igual donde fuera. Como si quería llevarme directamente al infierno o al interior de un agujero negro.

5. Breve ensayo.

Un par de meses antes de partir hicimos una especia de ensayo de viaje. Decidimos subimos un fin de semana a Andorra. Subimos en autocar. Y eso aun de contar ambos con vehículo propio. Él se molestó porque el transporte elegido no era directo y tuvo que parar en varios pueblos antes de llegar a su destino. Yo traté de quitarle importancia pero me lo acabó a echármelo en cara. El colmo del viaje fue que al llegar al hotel nos asignaron una cama de matrimonio. Vamos, lo teníamos puesto a huevo. Aquello era “El ahora o nunca”. No sucedió nada. Eso sí tanto él como yo no pegue ojo. Era una de esas noches eternas que parecen no terminar nunca. Recuerdo (después de varias horas fingiendo dormir) que me levanté de la cama para mirar un momento por la ventana. Tenía ganas de ver si ya era de día o aun era noche. Corrí las gruesas cortinas. Era de noche. De repente, y sin darme apenas cuenta, note su presencia a mi espalda. Me preguntó insistentemente si ya había amanecido. Tampoco podía dormir.

6. No es lo mismo casualidad que “causalidad”.

Ya de vuelta, un día, en la playa, una amiga (una de las que le atosigaban con preguntas sobre su vida sexual) me habló de una vidente, Maika; una persona que se convirtió en una pieza fundamental en toda esta historia y que me ayudó muchísimo durante mis horas más oscuras. Como hacía tiempo que quería que alguien me echase las cartas. Accedí a visitarla. Aquella misma noche se lo dije a él por teléfono. No le hizo ninguna gracia. Ya de por sí no creía en estas cosas. Lo veía como un sacacuartos. Pero sé que en el fondo le tenía miedo. Nunca se sabe lo que puede salir a la luz tras una consulta a las cartas…

No le hice caso. Por un lado no tenía que pedirle permiso para nada. Así que fui a verla. Maika era una mujer joven, de mirada dulce y aspecto muy frágil, sufría una cojera producida por un ataque de polio durante su infancia. Me atendió en su diminuta tienda (una herboristería en la zona alta de Gracia). Pese a causarme buena impresión fui al principio bastante receloso con ella. La primera cosa que me le pregunte (para ponerla a prueba) fue sobre el viaje. Pensé que de esta forma y por la inmediatez de los eventos si acertaba algo podría creerme lo que me predijera por lo menos en un porcentaje muy elevado.

La primera cosa que apareció en las cartas fue él. Maika me habló muy detalladamente de los sentimientos de mi compañero de viaje. Me definió, respecto a él como “Alguien muy valioso que le hace muy feliz, pero le veo muy confundido con tus sentimientos. No tiene muy claro tus sentimientos.“ Entonces yo le insistí sobre qué es lo sentía él realmente hacia mí. Ella me contestó “Eres algo suyo. Algo muy preciado. Casi de su propiedad. Como un tesoro que no quería compartir con nadie. Él te quiere Richard pero no sabe como demostrártelo.” Aunque en el fondo lo sabía aún seguía teniendo dudas al respecto. No me cabía por qué él no daba el paso definitivo por qué no se enfrentaba a ello de una vez. “Las dudas” me comentó Maika. “Ambos dudáis el uno del otro”. Entonces me preguntó si yo había sido sincero con los demás cerca de mi sexualidad. Resultaba curioso en ese momento me di cuenta de que ella era la primera persona en saberlo. Fui sincero, le dije que sólo lo sabía ella. Por un momento se sintió halagada pero acto seguido me dijo que debía plantearme dar el salto definitivo, principalmente por mi y en segundo lugar sobre todos aquellos que yo quería, fuesen familiares o amigos. “El primer paso ya lo has dado.” Me dijo. “A partir de ahora ya no es un secreto. A partir de ahora el camino es mucho más sencillo de lo que piensas.”

Reconozco que fue una sesión de Tarot que jamás olvidaré. Acerca del viaje me vaticinó que él me iba a darme diversas muestras de afecto, por lo menos de acercamiento y que yo debería estar al tanto para poder aprovecharlas. Me habló de la aparición de dos mujeres “son familiares entre ellas”. Me anunció “Que él iba a sentirse muy molesto con ellas. Eran dos rivales que iban tratar de arrebatarle de su lado. Veía mucha tristeza, pena y dolor a raíz de ese encuentro y un alto riesgo de que nuestra relación se fuese al traste. Por qué no le haría yo caso a esa advertencia… “

Después de eso me habló de muchas cosas. Asuntos referentes al fututo. Sobre todo de un cambio muy importante a nivel personal. Un giro de 180 grados marcado con hierro candente en la línea de mi vida. En el aspecto profesional me comentó que me dedicaría a los medios de comunicación, concretamente a la escritura. Si me permitís, otro día hablaré de eso. Lo más importante de todo lo que dijo fue que yo dejase de esconderme, que afrontase a mis dudas, que fuese yo mismo, que madurase y que saliera de una puñetera vez del armario. Cosa que hice esa misma tarde y nada más llegar a casa y que ya contaré en otra ocasión…

También lo llamé a él. Me encontró extraño. Le dije que había ido a la vidente y se molestó. No le conté gran cosa no quería influenciarlo ni acosarlo, ni forzarlo, no fuese que las predicciones resultasen erróneas y mandase de golpe y porrazo todo al carajo. Además acababa de anunciar a mi madre y hermana que era gay, mi padre se enteró más tarde, aunque cuando se lo dije él me dijo que ya lo sabía, incluso mucho antes que el resto de mi familia. En esos momentos me sentía muy revuelto por dentro. El armario se había abierto y lo había hecho con una fuerza descomunal. No hablé mucho con él en esa ocasión. Yo no tenía ganas a pesar de su insistencia en que no colgase el teléfono.

7. Sinceridad entre líneas.

Tardé un par de días en confesarle mi condición sexual. Recuerdo que fue mientras permanecíamos sentados en un banco de las Ramblas muy cerca del puerto. Le dije que me sabía mal por no haber sido sincero con él durante ese tiempo y más aun cuando se acercaba la fecha de partida de nuestro viaje, un viaje de 17 días en los que pasaríamos 24 horas del día juntos compartiendo habitación. Recuerdo que él (bajo su peculiar apariencia al Capitán Haddock de Tintin) se quedó mirándome en silencio. Me sorprendió que no hubiera ningún reproche en ese momento. Ni siquiera dio muestras de desaprobación, malestar o mosqueo. Lo único que me comentó era que no le hacía gracia que una “bruja” me hubiera influenciado a tener que decir cosas que igual no eran ciertas. Yo le aseguré que no había nada de mentira en mis palabras, entonces le pregunté si quería anular el viaje. Me dijo que no. Un no muy rotundo. En todo momento se mostraba comprensivo aunque también vi en él bastante recelo. Tenía la sensación de que yo estaba tratando de ponerle a prueba. Lo notaba mucho. Sobre todo en su mirada. Era como si sintiese que yo estuviera jugando con sus sentimientos, como si tratase de desenmascararlo. Desconfianza fue el peor de sus errores. No hubo confesión alguna por su parte. Nunca la hubo. Ya subiendo hacia la Plaza Catalunya él se detuvo un momento, me miró y con voz pausada me anunció: “Richard, no deberías ir con gente como yo”. No le contesté. No sabía muy bien que decir. Es más, aquella fue una frase que nunca llegué a comprender y aun sigo tratando de descifrarla sin lograr resultado alguno.

Yo pese a su reticencia. Aun y así tenía duda acerca de sus sentimientos. Parecía que era el único en el mundo que no me daba cuenta de la realidad. Ni siquiera sus compañeros de trabajo dudaban “¿Vosotros dos qué sois? Nos preguntaron una vez con sorna. Yo iba a contestarles “Amigos” pero antes de soltar palabra él me interrumpió al instante tapándome la boca. Era muy receloso acerca de lo que pudiéramos sentir entre nosotros. Era algo entre él y yo, los demás que hicieran todo tipo de conjeturas Pero insisto, aun y así yo seguía sin tenerlo muy claro. Algo fallaba en la historia. Por un lado la mecha no estaba mojada, los fuegos artificiales estaban preparados pero aquello nunca acababa de prenderse. Era una situación confusa y muy incómoda. ¿Se hubiera solucionado con una simple pregunta? En algunos casos hubiera dicho que sí. Pero no en este precisamente.

(Continuará...)


Una reflexión: Poderoso caballero...

Se ha vuelto prácticamente indispensable en nuestras vidas, más incluso que el reloj, la televisión o la electricidad ya que sin él no hay ni reloj, ni televisión, ni electricidad... Puede curar, matar, ayudar al prójimo o a dar verdaderos quebraderos de cabeza. Es seductor, se va tan fácilmente como llega, es la verdadera esencia de la ambición, la sangre en las venas del dios de poder. Crea estatus sociales o separa a las masas con la misma precisión que un bisturí. Moldea aliados y a enemigos, rompe familias y amigos o los vuelve a unir para luego volver a romperlos. Todas las naciones se rinden a sus pies, es como el maná que llueve en el desierto, es como agua fresca de la fuente, como el veneno que ponzoña nuestras entrañas. Pero lo necesitamos para vivir.

A veces, hay momento que miro fijamente un billete o una moneda y me pregunto por qué esos pequeños pedazos de hierro o trozos rectangulares de papel supedita tanto nuestras vidas. . Cuando abunda nos emborracha y nos combierte en titeres carentes de lógica y conocimiento. Cuando falta, no hay nadie que se cague en todos los muertos de quienes inventaron semejante abobinación. Algunas veces consigo verlo como lo que es papel y metal con numeros que simbolizan un valor estampados sobre su piel. Nada más. Y entonces siento vergüenza, de mí y de toda la humanidad.

viernes, abril 11, 2008

Redención. Episodio 1. Hay cicatrices que ni el tiempo puede curar.

Todo el mundo tiene espinas clavadas en su alma, nadie se salva de ello. Son espinas que se van clavando durante la vida. Unas lo hacen con poca intensidad y la propia madurez es la que se encarga de extraerlas con mayor o menor facilidad. Hay otras que con su fuerza arrancan espinas más antiguas ocupando entonces su lugar, incluso haciéndonos olvidar el dolor que aquellas, las de antaño, nos producían. Pero hay espinas tan duras y resistentes, dolorosas y sangrantes que se hincan en la carne con tanta fuerza que es prácticamente imposible sacarlas. No existen tenazas o pinzas en este mundo que consigan hacerlas arrancarlas y menos aun aliviar el intenso dolor que nos producen. Yo conseguí clavarme una de ellas hace exactamente 18 años.

Prologo. Manumittere per testametum.

Anoche tuve otro sueño. Era un sueño mucho más agradable que el que tuve días atrás. Por lo menos mucho más sanador. Soñé que hacía las paces. Se sellaban con un tierno beso en los labios. Un beso que transmitía mucho cariño. Durante el sueño se repitió en un par de ocasiones. Parecía todo muy real. Yo me sentí como nunca, inmensamente feliz, inmensamente aliviado.

1. El dolor no conoce tiempo ni espacio.

No guardo muy buenos recuerdos del verano de 1990 y menos aun de los meses que cerraron ese año. Alguien que me conoció en por esa época me dijo que parecía un muerto. Y en un sentido de la palabra así lo estaba, así me sentía.

No fui el único que se hizo daño ese verano. Mi dolor lo compartí con otra persona. Alguien a quien he querido mucho, muchísimo y pase el tiempo que pase seguiré queriéndole con la misma intensidad que le quería en esa época. Es algo que se escapa fuera de toda comprensión es como una deuda adquirida, aunque leído de esta forma no suene muy del todo correcto. Yo se que él también me quería, tanto o incluso más que yo a él. Me lo dejó entrever en varias ocasiones, durante el (breve) tiempo que se nos permitió permanecer juntos. Nuestro principal problema para que todo se fuese al traste fue, quizás, la falta de sinceridad. Eso y no saber manejar nuestros sentimientos. Nuestra relación se basaba en hablar mucho, de todo (a todas horas) y nada acerca de nosotros mismo, de lo que realmente sentíamos el uno hacia el otro. Yo contaba por aquel entonces con veintitrés años y cero en experiencia sentimental. Él tenía cuarenta y un pavor a enfrentarse a su sexualidad de forma abierta, sobre todo de forma honesta, como algo natural, con la posibilidad de encontrar a alguien con quien compartir una vida y una relación estable. Él acabó viéndose como un enfermo, lo que sentía, lo que deseaba estaba producido por una enfermedad. Pero en el fondo no podía evitar sentir algo hacia personas de su mismo sexo. Él siempre echaba la culpa al trato recibido desde muy joven por miembros (poco célibes) de comunidad Cristiana, sobre todo en su etapa escolar. “Cuando acababan las clases mi profesor, el padre Fulanito me decía que me quedase en clase, a solas, con él, para que le contase la película que había ido a ver al cine ese fin de semana con mis hermanos”. Comentaba sobre su etapa escolar. Lo decía con sorna, con una especie de sonrisa que podía confundirse con una expresión de cierto malestar.

Durante el tiempo que le conocí pude notar su lucha interior. Quería querer a otra persona del mismo sexo pero en el fondo había algo que se lo impedía. Se conformó en convertirse en un ser solitario, poco dado a las charlas, pese a tener cierto sentido del humor. Era de naturaleza desconfiada y con una obsesión por la monotonía que rozaba lo absurdo. Hasta que aparecí yo en su vida.

2. Todo tiene un principio.

Nos conocimos en 1989 en una escuela para adultos. No congeniamos enseguida. Tardamos un tiempo. Al principio era el típico compañero esquivo que sólo participaba de las tertulias en los momentos de descanso entre clase en clase. Yo al ser más abierto en carácter trate de romper el hielo con él en varias ocasiones cosa que conseguí casi a final de curso. Por aquel entonces yo me fui de viaje a Italia, solía bajar a la escuela de vez en cuando en busca de las notas o para verlo a él y charlar un buen rato. Hablamos de hacer un viaje, juntos. Él, ese año, se iba de vacaciones a Rusia con su sobrino, hijo mayor de uno de sus hermanas. Tanto a él como a mí nos atraía mucho Rumanía, concretamente Transilvania. Lo que al principio se convirtió en un proyecto para realizar el verano siguiente. Ya por aquel entonces nos solíamos llamar por teléfono cada día, incluso después de habernos visto escasas horas antes. Hablábamos largo y tendido. Sin parar. Nos sentíamos muy a gusto juntos.

Algunos de nuestros compañeros (concretamente compañeras) de curso se extrañaban de nuestra relación. No entendían como un tipo tan abierto y dicharachero como yo podía relacionarse con un personaje de carácter tan seco, huraño y en ocasiones algo borde. “Borde será con vosotras. Conmigo se lo pasa bien y yo me lo paso muy bien con él”. Les decía. Por aquel entonces ya se rumoreaba sobre sus preferencias sexuales. En varias ocasiones había tratado de tantearlo por varias compañeras acerca de su sexualidad sin conseguir resultado alguno. “Tus amigas tratan de averiguar por donde flaqueo, pero no van conseguir ninguna información”. Me comentó una vez. A partir de entonces siempre procuraba que ninguna de ellas estuviese cerca nuestro. Le solía molestar su presencia. Sólo quería quedar a solas conmigo. Sin nadie más. Si alguna vez aparecía alguien a nuestra cita se sentía bastante molesto. Curiosamente su reacción la presencia de otros miembros del sexo masculino también era peculiar. Concretamente con otro compañero al que yo sentía un gran aprecio. Él lo detestaba. Sentía verdadera animadversión hacia él. Sobre todo cuando yo lo mencionaba.

Por aquel yo aun no había salido del armario, aunque si sabía muy bien por donde iban mis derroteros. Pero he de decir que pese a sentirme muy a gusto con él y percatarme de los rumores acerca de su homosexualidad lo mío no fue amor a primera vista (eso tipo de cosas se las dejo al “Sr. F” jejeje) Por lo que a mí respecta creo que por su parte sus sentimientos hacia mí fueron a la misma velocidad. Aunque a veces aun tengo mis dudas. A lo que iba lo mío fue lento (siempre he funcionado así). Eso me permitió ir conociéndolo lo suficiente como para ir sintiendo algo más intenso hacia él. Fue él quien comenzó a romper el hielo dándome las primeras señales de afecto. Un día, en un bar, nada más sentarnos frente a frente alrededor de una mesa me agarró cariñosamente las manos. “Bueno, que me cuentas” me dijo de forma muy tierna. Yo, perplejo, bajé la mirada. No pude decir nada. No es que me molestase su gesto, he de decir que me gustó mucho sentir el contacto de sus manos sobre las mías. Mucho. Pero aquella era la primera vez que me sucedía y todavía no estaba acostumbrado que otro hombre, mayor que yo fuese tan cariñoso conmigo de aquella forma. Él supongo que debió percibir otra cosa porque automáticamente retiró sus manos. Vi incluso como se ruborizaba. Aquella tarde se pasó tratando de convenciéndome que era el tío más heterosexual del mundo. Pienso que mi reacción, tras ese gesto y su afán por convencerme acerca de algo realmente que no era cierto marcó el principio del fin de nuestra extraña (y dolorosa) relación. A partir de entonces siempre hubo dudas entre nosotros acerca de nuestras tendencias sexuales. Esa falta de sinceridad mutua, de decirnos las cosas a la cara, sin tapujos fue la que produjo la destrucción. El fin de algo que hubiera podido ser muy positivo para los dos.

A parte de nuestras innumerables citas yo solía visitarle a su trabajo cada jueves por la tarde. Él trabajaba como conserje en una sucursal de telefónica en Barcelona. Solía pasarse horas muertas dentro de una cabina. De vez en cuando aparecía alguien que entraba o salía del local. Por lo visto la soledad lo acompañaba en cada instante. A él le gustaba que yo le hiciese compañía. De esto forma nos pasábamos toda la tarde charlando, sin contar las continuas charlas telefónicas. En nuestras reuniones solíamos hacer planes relacionados con el viaje. Los días que no estábamos en su trabajo nos íbamos al centro al cine a ver alguna película, a pasear o tomar algo. En ningún momento a tener relaciones intimas. Yo vivía con mis padres y él con su padre. Yo tampoco no me atrevía a dar el paso. Tenía dudas a millones, no sobre mí sino sobre lo que él sentía hacia mí. Pienso que por su parte nunca dio el paso definitivo por miedo a meter la pata y echar por tierra una buena amistad, una relación con alguien que había conseguido sacarlo de la rutina y que le ofrecía en todo momento buenos momentos de felicidad. Respecto a eso, un día un par de compañeros de su trabajo me comentaron lo cambiado que estaba desde que yo había aparecido en su vida. Lo veían hasta ilusionado y mucho más optimista. Él le quitó importancia al asunto pero me lo confirmó con una sonrisa en la mirada. Era feliz.

3. Soledad con amor se cura.

Comencé a enamorarme de él unos tres o cuatro meses antes de partir de viaje. Sospecho que por aquel entonces él ya lo estaba. Se notaba por la enorme tensión sexual existente entre ambos. Las conversaciones entre nosotros ya no eran las mismas, había elementos de pique en cada una de las frases que salían de nuestra boca. Era un tira y afloja peligroso que duró más de lo que debía y que acabó convirtiéndose en un juego dañino consistente en provocarnos celos mutuos. He de decir que al principio hasta le pillé gusto, sobre todo porque veía reacción de molestia en él (incluso más de un calentón súbito) pero nunca lo suficiente como para encender la mecha hacia una reacción mucho más sana, mucho más concreta. Ambos sabíamos lo que sentíamos. Pero las dudas pesaban mucho más.

Yo esperaba. Esperaba a que cada vez que nos citábamos él fuera a dar el salto definitivo y acabaríamos los dos haciendo el amor en la habitación de un hotel hasta acabar casi exhaustos. Pero nunca sucedía. Esperaba hasta el último momento, cuando nos despedíamos en la parada del autobús cerca de su casa. O tras charlas un rato más al pié de las escaleras del edificio donde vivía (y sigue viviendo).

(Continuara...)

Frase de la semana.

-¿Tito?
-Dime.
-¿A Dios le gusta el cine?

Adam a su tío Richard.

Cuestión de dolor.

Hoy me he pasado el día cuidando a mi sobrina en casa. Tenía que ir a una presentación en un hotel para un asunto de prensa pero he preferido quedarme en casa con ella, cuidándola. He descubierto que cuando la niña está pachucha está mucho menos borde y algo más mimosilla. Ahora me sigue a todas partes, me llama a todas horas, me agarra de la mano, se me abraza como un Koala. Esta mañana le he preparado su comida favorita pero ha comido muy poco. Le cuesta tragar. Llora mucho porque dice que le duele la graganta (según ella) un 7 de 10.

Esta tarde le ha dado una especie de neura y con unos lagrimones como puños me pedido que por favor no me alejase de ella que me quedase en su habitación a pasar toda la noche a su lado. Me ha dicho que tiene mucho miedo a que no se le cure la inflamación de anginas. Yo le he quitado importancia y le he dicho que llorando solo va a conseguir ponerse más nerviosa y multiplicar las mlestias. Le he preprarado un vaso de leche caliente que se ha bebido a sorbitos. Vamos a ver, no es que no me la crea, pero me ha recordado mucho a mí cuando me ponía muy dramático en una situación semejante. Lloraba a moco tendido hasta por un simple rasguño. No os digo el drama que montaba con un dolor de muelas...

Hoy me he acordado mucho de mi madre. De la paciencia que tenía cuando nos cuidaba al ponernos malos. Sobre todo a mí que era el más enclenque de la casa. De sus sopitas, sus vasos de leche caliente con miel y las bolsas de agua caliente que me preparaba. Ahora me sentía como ella y me ponía en su pellejo. “¡Sorry mamá por no valorarte lo suficiente en esos momentos! Santa paciencia tuviste…”

Veréis yo fui un niño enfermizo y escuchimizado. Todo por culpa de las anginas. Las mías solían ponerse como sandias de 10 kilos. Día sí y día también. Mi madre estaba ya hasta el moño de ellas sobre todo porque siempre me costaba mucho respirar y se me ponía una voz gangosa y siempre como muy nasal y amortiguada. No podía con mi alma y me pesaban hasta las uñas. Así, un buen día mis padres me llevaron (engañado) a una clínica, “Ven Richard que vamos a encargar un nuevo hermanito…” Yo más tonto que imbécil acudí con ellos convencido de que iba a regresar a casa luciendo hermano. Me acuerdo que llegamos a la clínica y lo primero que hicimos fue ir a la “nursery” para que eligiese que niño o niña nos llevábamos a casa de entre todas las cunas. No me gustaba la clínica olía a raro a… olía bien como a limpio pero a clínica. Pero en ese momento no me importaba. Cuando tuve bien claro quién iba a ser mi nuevo hermano me llevaron a una habitación, con una cama. Lo que no comprendía en esos momentos era por qué tenía que esperar en esa habitación, por qué debía ponerme el pijama y porque debía meterme en esa cama que no era la mía. “Que cosas más raras hacen los mayores. Si yo sólo he venido a buscar un hermanito” me repetía una y mil veces. Recuerdo muy bien cuando llegó la enfermera. No traía una cuna ni un bebe en sus manos, sino una bandeja plateada con una jeringuilla en su interior. Comprendí entonces que me habían engañado vilmente y que venían a ponerme una inyección. Recuerdo mucho el intenso olor a alcohol impregnado en el algodón y la llorera que tuve antes, durante y después del pinchazo. Luego me dormí y curiosamente cuando me desperté ya no había amígdalas, tampoco prepucio… Me habían hecho un dos por uno.

Mi hermana nunca se ponía enferma. Supongo que la pobre se estaba guardando para el final. Sólo se ponía fatal cuando le venía la regla. Pero así como yo pasé por quirófano un par de veces (la otra para una hernia umbilical) ella siempre se libraba. Bueno alguna gripe le cayó pero sus amígdalas estaban perfectas. Las mías las había comprado en un todo a 60 céntimos de Euro. La cuestión es que una vez fuera no sólo se acabaron los ronquidos (ahora ronco pero es por otros motivos) y la falta de aire para respirar. Mi salud mejoró bastante pese a mí temprana hipocondría (me río de Woody Allen) y que un día os hablare sobre ella.

Si, hoy he regresado a la infancia y aun sigo superando este nuevo obstáculo que son las enfermedades infantiles. ¡Ay! qué duro es ser padre, que bonito pero que sacrificado a la vez.


Por cierto las imagenes que ilustran este post pertenecen a la controvertida fotografo Jill Greenberg. Sí, ya se que son duras, pero no me negaréis que poseen una fuerza e impacto visual fuera de serie.

jueves, abril 10, 2008

Noticias: Para los muy cinéfilos.

Actualizado el blog de cine: 24 Imágenes por Segundo.
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miércoles, abril 09, 2008

Un día como cualquier otro.

Ayer me levanté como cada día para poner a los niños en planta. Yo tenía que ir al colegio con ellos, tenía una cita con la clase de mi sobrino para hablarles del periodismo, del placer de escribir y de cómo funciona el día a día de una revista o sección. En mi caso la que desempeño en FOTOGRAMAS. No estaba nervioso. No suelo ponerme nervioso al hablar en público. Sería el colmo después de tantos años dando la murga en la radio y en la televisión ahora atrabancarme. Aunque durante mi periplo en esos dos medios he tenido mis días de apaga y vámonos.

Al salir al salón me encontré con mi sobrino. Estaba sentado en el sofá, mirando a la nada y muy pálido. “Tito, he vomitado en la cama” me anuncia. La primera cosa que me pasa por la cabeza es “Vaya hombre con lo que me gusta a mi manipular vómitos”. Entre los dos limpiamos la cama. Cubrecama y funda nórdica a la lavadora. Toalla empapada para refregar el colchón. Pienso que el niño está nervioso. Le da miedo lo que yo vaya a decir o como me va a ir en la charla ante sus compañeros. Le quito importancia.

Aparece la niña por la puerta de su habitación. “Tito me duele mucho la garganta y la barriga”. No es una novedad. Lleva días que arrastra un pequeño constipado. Por lo menos ella no ha vomitado (accidentalmente) en ninguna parte. Quien sí lo hace, como para solidarizarse con el niño es el gato. Llevo varios meses batallando para que el “micifuz” supere su ataque de celos. Desde que está en casa tiene síndrome de príncipe destronado. Quien se lo iba a decir con sus 16 años a cuestas. Ahora come compulsivamente, si es en la mesa con nosotros mejor que mejor, a todas horas y le gusta dejar regalitos a forma de vómitos y caca (a veces los dos a la vez) en distintas partes de la casa.

En eso sale Miguel de la habitación. Le comunico que el niño ha vomitado, la niña tiene diarreas y el gato va dejando rastro por donde le sale de las pelotas (que no tiene). “¿Pero qué os pasa a todos hoy? Espeta antes de meterse en el baño. Yo me rio entre dientes. El caos nos ha hecho una visita sorpresa cargado de sorpresas…

Bajo a la calle con los niños. Mi sobrina se me agarra al cuello. Se encuentra pachucha pero quiere ir al cole porque hoy tiene una excursión al cuerpo de bomberos (le pregunto si puedo ir jejejeje) Me mira de reojo entre enfadada y como diciendo “No tienes remedio…” Mi sobrino va a la zaga arrastrando el alma.

Llego al colegio. Los niños entran y yo espero en el vestíbulo. Llega la profesora. Me da mil veces las gracias y me lleva al patio. Al mismo patio donde yo muchos años atrás hacia cola para ir a clase. Me hace gracia dar una charla en mi colegio de la infancia. “el retorno del hijo prodigo, que digo… del hijo prófugo” me digo para los adentros.

Entramos en la sala de actos. La profesora, muy divertida y participativa me invita a sentarme. Me gusta quedarme de pie. “No te preocupes así parezco un profesor” le digo. Se oyen algunas risitas. Observo como los chicos se han sentado a mi izquierda y las chicas a mi derecha, junto a la profesora.

Rompo el hielo soltando una pregunta al azar. “¿A quién de vosotros le gusta escribir?” Sólo uno levanta la mano. Es el sobrino de Silvia, la directora del colegio. Le pregunto sobre qué escribe. Él me comenta que sobre lo que le gusta, un poco de todo. Le pregunto qué siente al escribir. Me contesta que disfruta mucho, le gusta crear. El chico ha traído su cámara de fotos. Quiere inmortalizar la velada. “Este tiene madera de periodista”.

Vuelvo a soltar una pregunta general: “¿A cuántos de aquí les gusta leer?” De los 18 que están allí reunidos solo 3 levantan la mano. Una niña confiesa que está escribiendo un diario. Los niños preguntan. Muchos de ellos sobre mi labor en la revista y mi relación con las nuevas tecnologías (en especial internet y los videojuegos) La profesora interviene a menudo comentando lo mucho que les cuesta a los niños buscar información o enfrentarse a un folio en blanco. “Tienen mucha imaginación.” Me dice “Creatividad les sobra pero lamentablemente no la utilizan bueno a no ser para decir burradas mal escritas en el Messenger. Sobre todo con los chicos. Son expertos a ver quién de ellos suelta el peor insulto o la ocurrencia más desagradable.” No se lo niego. Lo veo en casa con mi sobrino.

Le hablo de los blogs. De lo interesante que es mundo de los cuadernos de bitácoras, de compartir experiencias, de hablar de uno mismo. “Tienen vergüenza de hablar de sí mismos” Me apunta la profesora. “Luego cuando son más mayores tienen vergüenza de hablar de sus padres”. Acabamos la velada en la clase de mi sobrino. Durante el camino me siento como “Richard Dreyfuss” en la escena final de “Encuentros en la Tercera Fase, cuando diminutos hombrecillos del espacio lo rodean y lo acompañan al interior de la nave nodriza. Me preguntan miles de cosas, todos a la vez. No sé por dónde empezar a contestar. Todos quieren saber cosas, sobre de videojuegos. Sólo resalta una pregunta entre todas, realizada por el “futuro” periodista. “Que medio te gusta más trabajar”. “Todos son muy enriquecedores pero echo mucho de menos la televisión le digo.” De repente me inunda la nostalgia.

No veo a mi sobrino. Alguien me dice que se ha ido a la cocina a pedir una manzanilla. Le volvía a doler la tripa.

Acabo la charla aconsejándoles a todos que jueguen con las palabras. Que no tengan miedo a escribir, aunque sea mal al principio, que aunque no se den cuenta su vida puede ser muy interesante e útil para ellos o para los que puedan seguirles en los blogs. Tomo como ejemplo a “Ana Frank”. Les invito a crear un cuento conjunto. De muy pocas palabras. Un cuento que vaya pasando mano por mano hasta completar la clase. Alguno les gusta mucho la idea.

Cuando termino la charla me encuentro con mi sobrino. Ha vuelto a vomitar. Le digo que se espere un poco (tiene examen de matemáticas después del patio) Si se encuentra pero iré a buscarle al mediodía, de paso miraré como esta su hermana.

En el patio hablo con la profesora. Nos felicita por la labro que estamos haciendo con los niños “Tu sobrino habla con mucho orgullo de vosotros”. Me emociono. Me cuenta que un día ella les habló a la clase de su tío enfermo de Parkinson. Me dice que mi sobrino se acercó a ella después de clase y le habló de su madre, de la enfermedad que padecía, de las pastillas que se tomaba. “En ese momento se había sentido muy cercano a mí y vio que yo le podía comprender”. Me dijo la maestra. “Un día después de hablar con la psicóloga me llegó a clase desmontado, rompió a llorar, había estado hablando de cosas que le dolían, de su padre”.

En mitad de camino me encuentro con mi antiguo profesor de inglés. Le saludo y me reconoce. Me pregunta por mi hermana. Le comento el caso y me dice que los siente mucho. Se despide la profesora de mí sobrino dándome la gracias. Yo le comento que me lo he pasado en grande. Aparecen otras dos profesoras de la infancia y charlamos un rato. Me despido de ellos. En vestíbulo hablo con Jordi, el hermano de Silvia. “Tu hijo tiene potencial para ser periodista” le anuncio, “Ya lo sé” me responde riendo. “Se ha pasado la noche casi sin dormir porque venías a dar la charla. Tenía muchas preguntas para hacerte.”

En cuanto llego a casa y envío material gráfico a la redacción de FOTOGRAMAS me llaman del colegio. Mi sobrina ha llegado de la excursión hecha un Cristo. ”He vomitado en un cubo” me comunica de forma muy explícita cuando voy a buscarlos. Yo le pregunto "¿Era una actividad escolar?" Ella me mira mosqueada. No me contesta. No está para asimilar mi sentido del humor.

Ambos hermanos están hechos un asco. Vamos a la farmacia y les compro Septrim para el tema vomitera. Después de dos tomas se acabaron las arcadas. Les hago ponerse el pijama y les envío a la cama. No tienen nada de hambre y si mucho sueño. A eso de las 15:00 la niña se levanta y consigue comer un poco de arroz hervido. Después de una larga siesta se despiertan. Le doy ibuprofeno y más tarde Frenadol. La niña se queja que tiene muchos mocos y de vez en cuando va a al baño a escupir. Se queja que le duele el oído. Pero una vez tomado el ibuprofeno se le va pasando el malestar.

Nos ponemos a ver una película. “The Bad Seed” de “Mervyn LeRoy” sobre una niña rubia con trenzas perpetuas muy repugnante e “hijaputesca” que se carga a diestro y siniestro. La película les gusta y eso que la están viendo en versión original subtitulada.

Llega Miguel. Le cuento como ha ido el día. Cenamos y nos vamos a dormir. Antes me veo un episodio de “Perdidos en el Espacio”. Cuando me meto en la cama Miguel ya ronca. Me quedo dormido en un santiamén. La noche me cunde porque duermo como un tronco.

martes, abril 08, 2008

God Bless America Episode 6: Una de Cal y una de Arena.

Filias y fobias.

Una de las cosas que más me gusta de los hoteles es la sorpresa que te llevas al ver la habitación que te corresponde y la otra (si la habitación es de tu agrado) el confort que proporciona la cama. La que me había tocado en Los Ángeles era inmensa, tanto como la que me encontré una semana antes en el hotel de Manchester. Un paraíso. Lo que más me gusta de una cama es ante todo el tacto de las sabanas y si están limpias resulta una gozada. Sabanas blancas y limpias y cama mullida con muchas almohadas. Así cualquiera no pilla el sueño…

El problema que tenía yo con esa cama era que la ventana de la ducha (adornada con cenefas a lo “Art Nouveau”) se encontraba justo encima de la cabecera, pero por suerte hacia el lado izquierdo. Hay que apuntar que Los Ángeles es zona sísmica así que con esa premisa me entró una especie de paranoia de que si dormía a ese lado de la cama y había un terremoto (y los cristales de la ventana de la ducha se quebraban) podía a acabar decapitado. Así que durante mi estancia sólo utilicé el lado derecho de la cama. Manías que tengo.


La rebelión de las maquinas, orfanato y huevos enrollados.

Esa mañana me levanté un poco más tarde lo habitual. No era el único. Entre otras cosas porque no había que trabajar y porque teníamos todo el día libre para conocer la ciudad (como si ya no hubiese visto suficiente). Aun tenía agujetas en las piernas pero mi pie derecho estaba muchísimo más relajado. De momento. Para ese día nuestro grupo había decidido ir de compras (en el caso de encontrar alguna tienda decente) mientras Kerrie (que se emperró en llamarme Robert durante la noche anterior) y el resto de periodistas tenían previsto irse de excursión a Universal Studios. Me duché, me vestí y bajé al hall del hotel a conectarme a uno de los ordenadores de la zona Wi Fi (el mío se había negado a digerir la electricidad yankee así que había entrado en coma) y bajarme el correo. Mi móvil, solidarizándose con mi PC también dejó de darme cobertura así que si quería llamar al Miguel tendría que ser por vía telefónica. Suerte que a última hora de la noche anterior había conseguido hablar con él (gracias a la intermediación de Adrian/Barry Gon que desde su casa en San Francisco y con tarifa plana telefoneó a casa para ponerles al día de mi situación). Después de mirar el correo y un par de blogs que me interesaban subí de nuevo a la habitación.

En el ascensor compartí conversación con uno de los recepcionistas. El tipo sonrisa perpetua en el rostro me preguntó de dónde venía, yo le contesté que de Barcelona, España. Él asientió con amabilidad, entonces me preguntó si he visto una película… “El Orfanato” me dijo primero en ingles y luego en castellano torpe. Yo le contesté que no, que no la he visto pero que me constaba que era buena. Antes de descender del ascensor tres plantas más abajo él me lo confirmó recomendándomela muy mucho. Me resultó curioso que alguien asociase Barcelona con una película de terror y no con monumentos como “La Sagrada Familia” (bueno algo de terrorífico si tiene semejante aberración), las “Ramblas” o el “Parque Guell”… Ya en la habitación traté de llamar a casa a través del hotel. Sí, sé que era una insensatez y unas ganas de tirar dinero al WC pero sólo pensaba hablar un par de minutos. Me hice la picha un lio con las teclas. Colgué, volví a descolgar y en eso oí alguien al otro lado de la línea. Me preguntó cuál era mi problema. Traté de decirle que no tenía pajorera idea de hacer una conferencia. La tipa debió pensar que era tonto o algo por el estilo y comenzó a hablarme en cámara lenta. Me preguntó a donde quería llamar. Yo le dije que a España, entonces me dejó en silencio. Al cabo de unos segundos apareció otra voz por el auricular. Era una mujer con acento sudamericano. Me dijo en tono meloso como debía hacer la conferencia. Llamé y hablé con Miguel y los críos. Prueba superada.

Cuando bajé al Hall me encontré con José, Kerrie y Jurgen uno de los periodistas alemanes que ya se iban al parque temático. En eso llegaron Juan y Manolo y al cabo de unos minutos dos de los Hobbits, el otro se había recién levantando y se estaba duchando. Mientras esperábamos hablamos de la cena del día anterior. José nos comentó que había visto a “Velma” y “Mr Didgeridoo” desayunando muy acaramelados en la cafetería del hotel. Se escucharon algunos murmullos de desaprobación.

José nos contó que había desayunado con ellos. Como “Velma” tenía prisa (porque su avión para París salía en menos de dos horas) comió algo rápido. Se despidió de él y del australiano (no especificó cómo) y los dejó solos. José nos explicó que entonces “Mr.Didgeridoo” (igual apenado por la pérdida de su amada…) tomó con las manos y de su plato un trozo de huevo frito (yema incluida), colocó en su centro una buena ración de cebolla, patatas fritas y salchicha y a continuación se hizo una especie de burrito metiéndoselo de un bocado de la boca. “Caían chorros de yema por todos lados” nos comentó asqueado. Nosotros sentimos lo mismo en esos instantes. En eso llegó el último Hobbit. Son las 11:30 de mañana.

El objetivo del día era visitar Rodeo Drive y si era posible Santa Mónica. Por lo menos hoy vería el océano.

No somos Pretty Woman.

Y ahí íbamos de nuevo, la comunidad del anillo en busca de una nueva aventura. Caminando incansables sobre las aceras de Los Ángeles, sorteando transeúntes, homeless, vehículos y haciendo fotos a las palmeras, banderas y señales de tráfico que encontramos por el camino.

El paseo duró un buen rato pero no fue tan cansado como los del día anterior. Ni punto de comparación. Hacía calor menos mal que todos íbamos bastante fresquitos. Cuando llegamos a Rodeo Drive ya era casi las 13:00.

Rodeo Drive es como un paraíso. Bueno un paraíso para aquellos que tengan una buena posición económica, cosa que no era nuestro caso. No hay marca que no tenga presencia allí. Como no me pagan no voy a mencionarlas pero ya os podéis hacer una idea. Nada de lo que se vendía allí bajaba de los 1000 dólares. Hay que decir que el barrio es bonito, muy elegante y limpio. Es un barrio para ver pero no para comprar a no ser que sea millonario. Imagino que los homeless deben estar prohibidos (para mí que utilizan un sistema disuasorio tipo spray de esos que hay en los WC y que sueltan chorros cada “nosecuantos” minutos dejando al instante un fragante olor a lavanda, en este caso jazmín; o sonidos de baja frecuencia como los que usan en áfrica para alejar Leones o elefantes de los hoteles en mitad de la sabana) porque no vimos ninguno y eso ya era muy extraño.

Como no teníamos mucho que hacer por allí decidimos acercarnos a la costa. Alguien con sensatez (no sé si fue Juan o José) sugirió pillar dos taxis o bien subirnos al metro (digo subirnos porque en Los Ángeles los metros van por arriba, por la superficie del asfalto y todos tienen forma de autobús) además son más baratos que los taxis (1 dólar 50) y mucho más seguros (sé lo que me digo).

Ascendimos hasta la llegar a Bervely Hills y allí en una parada esperamos un buen rato. José y yo sentado bajo una pérgola Juan, Manuel y los Hobbits (que habían reactivado su charla sobre vaginas y lo que hacer con ellas desde que salimos del hotel) prefirieron quedarse al sol.


Paisaje Urbano.

No entiendo aun cómo no habíamos decidido viajar en bus (bueno Metro) antes. Los transportes públicos multitudinarios de Los Ángeles son la monda y una gran fuente de sorpresas. Supongo que viajar de día a viajar de noche debe ser otra experiencia mucho más diferente, terrorífica, sobre todo por tener que aguantar a tu alrededor olores que nunca hubiéramos llegado a imaginar y que pudieran ser desprendidos por un solo cuerpo humano (imaginaos varios…) El Metro por la mañana es toda una delicia. Os lo aseguro.

La expedición hacia la playa fue un trayecto interminable a través de una avenida donde las casas no sobresalían de las tres plantas. Porque si pensáis que Los Ángeles está repleta de rascacielos estáis muy equivocados. Haberlos haylos pero ni son muchos (unos 15) ni están en todas partes (sólo en el centro de la ciudad). Los americanos son muy previsores. ¿Para qué construir grandes edificios de cristal si luego viene un puto terremoto y los derrumba como un castillo de naipes?

Lo mejor del viaje en transporte público es siempre lo que sucede dentro del propio transporte. Sea en el país que sea. Uno que es un gran observador (por si aun no os habíais percatado de ello) gusta prestar atención a los personajes que comparten mi trayecto. Suelen ser personajes anónimos, pequeños fragmentos de un gran espejo, en cuyo silencio guardan todo tipo de historias y experiencias. A veces me gusta escuchar conversaciones privadas entre algunos de ellos. Dan pequeñas pistas (o a veces pocas) sobre momentos concretos de su vida. Lo curioso es que en ese trayecto nadie hablaba salvo nosotros. Los pasajeros eran como extraños maniquíes, algunos, con movimientos propios, pero en definitiva absolutamente mudos. Muchos de ellos vivían ajenos al mundo exterior conectados a sus reproductores de música en MP3.

It´s a Felony y el payaso siniestro.

Publicidad. Sin duda lo mejor de los transportes públicos americanos. En el transporte que utilizamos había de dos tipos, la estática a modo de carteles anunciando todo tipo de cosas y la visual y auditiva, mediante unos televisores que escupían sin parar imágenes y sonidos, algunos inteligibles. Nos llamaron la atención un par de anuncios. Uno era una colección de frutas en “Stop Motion” (técnica de animación consistente en mover muñequitos articulados segundo a segundo para conseguir un efecto de vida, para muestra la película “Pesadilla Antes de Navidad”) todas haciendo cucamonas creando figuras antropomórficas y hablando un idioma imaginario, chillón que nos dejó durante todo un rato hipnotizados y en segundo lugar un payasito muy siniestro (que afectó seriamente la psique de Juan) que con voz estridente se reía de forma sardónica de los pasajeros allí sentados. Por un momento nos pareció estar en un episodio de “Tales Of The Crypt” titulado “Atrapados en el autobús del Infierno” o algo parecido. La risita del payaso apareció a lo largo del día a forma de coña siniestra. Pero si os pensáis que aquello era lo peor estáis muy equivocados. Pegado en varias de las paredes del transporte, compartiendo protagonismo con carteles de “Palacio de Singapur” o “Cuida tu familia asegurándola” había uno que anunciaba “Prohibido disparar al techo, hacerlo es un delito” para muestra la foto que os adjunto. Habla por sí sola.


Sushi frito en “Third Street Promenade”.

Nada más llegar a Santa Mónica. Antes incluso de ir a ver el Océano, fue meternos en una calle tipo rambla llena de tiendas de todo tipo más conocida por “3th Street” o “Third Street Promenade”. Aquello era un paraíso no sólo para la vista sino para los compradores compulsivos. Jardineras con palmeras, plantas y flores; divertidos dinosaurios esculpidos de metal que escupían agua a modo de fuentes, cines, tiendas de ropa, zapatos, música, comida… ¿He dicho comida? Había muchísimas tiendas de comida ya sea a modo de puestecitos ambulantes como de pequeños restaurantes a ambos lado de la calle peatonal. Yo me estaba muriendo de hambre (entre otras cosas porque en un principio pensé que íbamos a desayunar todos juntos cosa que no fue así) Dimos un pequeño y agradable paseo hasta detenernos en una especie de mini complejo donde confluían un compendio de establecimientos de comida basura universal. Había desde las típicas hamburguesas de la gran “M”, hasta pizzas, comida china, árabe o griega. Sin embargo lo que más nos llamó la atención a casi todos fue un puestecito de comida japonesa con todo tipo de manjares. Muy semejante al que aparece al principio de la película “Blade Runner”. Como el hambre que tenía era monumental (y el sushi es una de mis debilidades) arrasé con casi todas las bandejas de variedades expuestas. Incluso me pedí la especialidad del día “Sushi Frito” que consistía en una Tempura de Maki (rollo de arroz relleno de pescado, aguacate, marisco o carne) que estaba para chuparse los dedos.


Como hacía bastante calor no sentamos en una terraza donde compartí mesa con Juan y Manolo. Además de disfrutar de su presencia (la verdad es que mi relación con los Hobbits pese a cordial, no era del todo satisfactoria) descubrí que no era el único que comía más rápido de los tres. A unos cuatro metros de nosotros tocaba “The Ken Oak Band” una banda de músicos callejeros que fue para mí todo un descubrimiento (no para parte de mis compañeros que solo oírlos les producía incontrolables nauseas, somnolencia y urticaria). La calle estaba abarrotada de gente todos con bolsas de compra o bien comiendo perritos calientes, helados o bebiendo café, granizados o refrescos...

Los Hobbits desconocen el significado de la palabra esperar.

La intención principal después de comer era tratar de comprar algo y luego visitar la costa. Lo primero fue casi un imposible y esta vez la culpa no era de los comercios americanos sino de los Hobbits y su tendencia en ir a su puta bola en busca de tiendas de comics (otra de sus frikadas, eso sí mucho más respetable que la hablar todo el día de follar como salvajes). Si no hubiera tenido el teléfono incapacitado en ese momento me hubiera disgregado del grupo quedando con ello un punto concreto pero esperar eso era como pedir peras al olmo o tratar de detener u tren a toda pastilla solamente con las manos extendidas. Lo digo porque lo más seguro es que me hubiera encontrado en el punto de cita criando raíces o telarañas. Para muestra lo que nos pasó a Raúl y a mí en la tienda de guitarras... Así que dejé de perder el tiempo en mirar ropa u otros complementos tras verlos marchar Boulevard arriba sin contar ni siquiera con Manolo, Juan o conmigo. Suerte que fuimos raudos tras de ellos y que Juan y Manolo disponían de telefonía móvil.

¡Ayúdame Barnes & Noble eres mi única esperanza!

Por muy difícil que sea siempre hay algo que une polos opuestos y este caso no iba a ser la excepción. Su Nombre era “Barnes & Noble” la cadena de tiendas de ocio y cultura más popular de los EEUU. Los que no se perdieron en la sección de libros de cine (Juan y Manolo) lo hicieron en la de Comics (José y los Hobbits) o en la de DVD (yo mismo). Ahora tampoco aquello era la octava maravilla del mundo. Pero era lo más decente que había visto desde que había pisado Los Ángeles. Eso sí los precios no eran para tirar cohetes y eso que había cosas pero lo mismo que podías encontrar en Amazon y a mitad de precio. Como tenía ganas de gastar algunos dólares me prometí no salir de allí sin algo en las manos. Lo primero que elegí fue el especial navidad de la serie “Extras” (no se le podía hacer ese feo al gran Rick Gervais) y después de buscar y rebuscar entre las estanterías de series y ediciones especiales me lleve la versión definitiva de “King Kong” de Peter Jackson, con mucho más metraje (masoquista que es uno) y que fue vehículo de todo tipo de burlas por parte de Manolo (burlas consentidas hay que decir todo porque con él había mucho respeto). Uno de los Hobbits compró “Confessions of a Superhero” un agridulce documental sobre la penosa vida acerca aquellos que se ganan la vida en Hollywood haciéndose fotos con los turistas como el Spiderman, Chucky que vimos el día anterior frente al Teatro Chino. Dicho docudrama los había recomendado a la comunidad del anillo antes de partir de Londres (y que aprovecho para recomendaros muy mucho su visionado y que supongo que a estas alturas ya sabéis donde encontrarla…)


Por Fin, ¡el Océano Pacífico!

Una de las cosas que tenía muchas ganas de ver nada más llegar a Los Ángeles era el Océano Pacifico. La playa y el mar son como una droga para los que vivimos en la costa. Necesitamos ver, respirar yodo y salitre sino, notamos que nos falta algo. Es algo vital. Además no todos los días podemos tener la posibilidad de contemplar con nuestros propios ojos el océano más grande de nuestro planeta. Como el cartel de HOLLYWOOD ya se había convertido en un imposible para mí en ese momento me conformaba, por lo menos, con poder ver la línea azul del “Gran Pacifico” cortando el horizonte.

Recorrimos las callejuelas de Santa Mónica en dirección al malecón. He de decir que aquella zona me estaba empezando a gustar. Tenía una luz y una energía que carecía el resto de la ciudad. Estaba viva. Tenía esperanzas. Y no lo que más ansiaba en esos momentos no tardó en hacerse esperar.

Apareció como un enorme muro azul moteado por pequeños destellos blancos que aparecían y desaparecían como cuando el intenso brillo de la luz del sol atraviesa un gran zafiro azul. La franja de la playa era como una enorme mano que hacía de poderoso freno, destinado a frenar el empuje del agua y evitar que esta no entrase más de lo permitido. Sobre la arena blanca cientos de siluetas de personas tomando el sol, paseando por la orilla o jugando a hacer volar cometas multicolores.


¡Good Vibrations!

Pero si algo destacaba en ese paisaje, algo más llamativo que los viejos y lujosos hoteles construidos en los años 20 o 30 del siglo XX, las avenidas con palmeras y las casitas al pie de la playa era sin duda alguna el “Santa Mónica Pier” un monumental muelle de madera que se adentraba descaradamente hacia el océano. El lugar albergaba un centro de ocio consistente en pequeñas tiendas de regalos, un diminuto (pero entrañable) parque de atracciones llamado “Pacific Park” y varios restaurantes como el “Surf View Café” o el “Bubba Gump” especializado en gambas (…al curri, con salsa tártara, mostaza de miel, mahonesa, fritas, hervidas, con arroz, con pasta, con frijoles, con sopa, con sésamo, con salsa barbacoa, con pescado, en pizza, con maíz, en panqueque, con mermelada…) y de visita obligada para cualquier cinéfilo que se precie; pero eso no era todo, en un salón recreativo abarrotado, a pocos pasos de allí encontramos, entre las maquinitas electrónicas de moda o incluso añejas, toda una joya cinéfila. Se trataba de “Zoltar” la maquina adivinatoria que puso un aprieto a “Tom Hanks” en la película “BIG”. Las fotos con ella eran obligatorias.

Caminamos hasta el final del muelle. El océano parecía embelesado por el sonido de un músico callejero que tocaba “Knocking at the Heavens Door” del gran "Dylan” sólo con la ayuda de una guitarra, una armónica y su quebrada voz.

Los mejores Margaritas del mundo.

Si un día vais por Santa Mónica Pier no os perdáis el “María Sol Restaurant” situado justo en el extremo del mismo. Como desafiando al Océano. Allí, bajo un ambiente típicamente mexicano (eso si un poco de cartón piedra) se pueden tomar los mejores cocteles del mundo, especialmente Los Margaritas a base de ron. Yo que no soy nada bebedor me zampé uno bajo la sorprendida mirada de mis compañeros de viaje. Luego, lo rematé con una piña colada (sin alcohol) que estaba para quedarse a vivir allí para siempre.

Una de las cosas que más me sorprendió del lugar, a parte de los combinados, eran don “superpijas super super monas oséa de la muerte lenta sentadas en una mesa al fondo. Ambas eran clones perfectos de Paris Hilton y la cacho burra de su amiga (ahora ya menos) Nicole Ritchie. A ver, no me fijaba en ellas por su belleza. A estas alturas no hace falta ni que os lo jure... Sino en cómo y cuanto comían. Ambas. En el momento que permanecimos en el restaurante aparecieron ante ellas tres o cuatro bandejas (tamaño estadio de futbol) repletas de marisco, alitas de pollo, nachos y costillas en salsa barbacoa. Las super pijas no estaban fondonas precisamente. Más bien todo lo contrario. Las vi comer con devoción. Con los dedos (perfectamente cuidados) pero siempre en modo fino, como para no mancharse más que las yemas. Una vez se vaciaba la bandeja se metían otra entre pecho (“siliconizado”) y espalda. Reían y charlaban con la boca llena contándose mil y una confidencias todas dos super monas, rubias de bote... (...chocho morenote) de un blanco casi nuclear. “Los peces se van a poner las botas dentro de un rato”, pensé yo, mientras me acababa mi piña colada sin quitar la vista de ellas meintras me las imaginaba, minutos más tarde, asomadas a una de las barandillas del muelle, metiéndose los dedos en la graganta para poder "descargar" (sin parar de reír y charlar entre arcada y arcada por supuesto) mientras el músico callejero el que habíamos visto antes de entrar en el restaurante les amenizaba su funcion (para nada gástrica o digestiva) con "Going, going, gone" de nuevo de "Bob Dylan”...


viernes, abril 04, 2008

Proximamente en FIAT LUX...

Todo el mundo tiene espinas clavadas en su alma, nadie se salva de ello. Son espinas que se van clavando durante la vida. Unas lo hacen con poca intensidad y la propia madurez es la que se encarga de extraerlas con mayor o menor facilidad. Hay otras que con su fuerza arrancan espinas más antiguas ocupando entonces su lugar, incluso haciéndonos olvidar el dolor que aquellas, las de antaño, nos producían. Pero hay espinas tan duras y resistentes, dolorosas y sangrantes que se hincan en la carne con tanta fuerza que es prácticamente imposible sacarlas. No existen tenazas o pinzas en este mundo que consigan hacerlas arrancarlas y menos aun aliviar el intenso dolor que nos producen. Yo conseguí clavarme una de ellas hace exactamente 18 años...

miércoles, abril 02, 2008

Frase de la semana.

- Laura
-¿Qué?
-¿Tu me quieres?
- ¡Hmm! - contesta la niña afirmando con la cabeza.

Caroline a su hija Laura.

Historias de hospital

Hace días que no hablo de mi hermana ni de la situación que está viviendo encerrada en la sala de psiquiatría del hospital. Ya sé que me he ido por los Cerros de Úbeda con temas más banales y menos serios que el drama que está viviendo ella cada día. Porque ella sigue defendiendo su cordura, que la tiene, y lucha por no parecerse al resto de habitantes que pueblan aquel lugar, aunque a veces si no prestas las suficiente atención puede llegar a confundirse con uno de ellos.

A ella, como a mí, también le suceden cosas. No son situaciones nada agradables os lo puedo asegurar. Me informa en cada momento de aberrantes anécdotas sobre aquellos que comparten en estos momentos su espacio vital. Sus aventuras no son las mías. Son pequeñas películas de terror tan reales como la vida misma.

Hace unos días me comentó, en una de la ocasiones que la fui a ver sin los niños, que un enfermo, un hombre de unos 35 años, entró en su habitación pidiéndole que le hiciera una felación. Ella lo mandó a la mierda. Aun tiene fuerzas para hacerlo. Suerte que el hombre encontró diversión en la compañera de habitación, una joven con problemas de esquizofrenia que suele dormir vestida (zapatos incluidos) y ducharse (desnuda) con la puerta abierta para que todo el mundo la vea. Mi hermana me contó que los escuchó en el baño, jadeando. Al día siguiente avisó a la doctora y supuestamente pusieron cartas en el asunto.

Hace unos días me hablo de que una enfermera se emperró en que tenía que tomar una medicación (unas gotas) a toda costa. Mi hermana, con voz casi inaudible le dijo que no, que aquella no era su medicación que se estaba equivocando. La enfermera en vez de comprobarlo se enfadó con ella y se la obligó a tomar. Mi hermana me dijo que se había pasado toda el domingo somnolienta, sin poderse mover ni siquiera parpadear. Al día siguiente la enfermera entra en la habitación y le pide disculpas, se había equivocado de enferma.

También presenció un ataque de locura de uno de sus compañeros, un chico sordomudo al que a veces saludo y trato de mantener una conversación con signos. El ataque le dio hace un par de noches. “Me asuste mucho…” Me dijo con su voz apagada. “Yo estaba en el mostrador esperando mi medicación, me empujó y arrancó el teléfono de cuajo… Hicieron falta cuatro enfermeros para contenerlo y llevárselo a la habitación especial para los que sufren ataques…” Añadió. “Allí lo ataron a la cama y le inyectaron un calmante. Hasta esta mañana no lo han vuelto a soltar.” No ha sido el único que ha visto con ese tipo de comportamiento y ella no ha sido la única que me lo ha contado.

“El otro día me robaron la chaqueta” Me dice. “La llevaba otro enfermo puesta”.

Ahora tiene problemas de orina. Lleva pañales, a veces. En otras ocasiones se hace pis en la bragas. La doctora ya está al corriente de eso. Espero que ponga cartas en el asunto.

Hace unos días recibió una visita sorpresa, era Aurora la señora de la habitación contigua cuando estaba en la planta de abajo; la que fue testigo del desagradable episodio de malos tratos por parte de sus ex cuñadas la noche que fueron a montar bulla al hospital; la que fue su apoyo, junto a María cuando, tras recibir las visitas sorpresas de “la Sargento de Hierro” se ponía histérica y había que tranquilizarla. Mi hermana me contó que ambas se abrazaron y que lloraron un buen rato. Aurora vuelve a tener a su padre enfermo y nada más llegar al hospital se enteró que mi hermana aun estaba allí pero en la planta de arriba. Subió rauda a saludarla. Se alegró mucho de que yo tuviera la custodia de los niños y que ella por fin se hubiera divorciado.

Ahora cada vez que voy a verla voy con los niños. Adam es el que más se muestra cariñoso con su madre. A Laura le cuesta más aunque os prometo que lo intenta, bueno no sabe muy bien disimularlo. Aun hay mucho recelo.

Cuando llegamos la vemos venir con pasito lento, es como una muñeca de esa a pilas que camina. Torpemente pero decidida. Se le ponen los ojos brillantes cuando nos ve. Se abraza a sus niños y los llena de besos sonoros. Los enfermeros del turno de tarde la miran con ternura y tristeza. Es un sentimiento universal para todo aquellos que la conocen y se cruzan en su camino. Mi sobrino la agarra del brazo y la acompaña por el pasillo hasta la salita donde nos sentamos y charlamos un rato. Lo que se puede. Ella se cansa muy rápidamente. La miro de reojo cuando mira a sus hijos. Se le ve orgullosa de ellos. Sabe que son el mejor regalo que ha podido aportar a este mundo y el mejor regalo que me pueda haber dado a Miguel y a mí. A veces acaricia la mano de su hijo. Este le sonríe. “Mi madre es sagrada para mí” nos dice.

No sé cuanto más podrá vivir. Ella sospecha que no mucho. Yo he de confesar que también, para que engañarnos. No hablamos de su enfermedad. El Parkinson no tiene cabida en nuestras conversaciones. Lo mandamos de un puntapié en el culo al final del pasillo. Pero tarde o temprano enseguida vuelve recordándonos que aun sigue allí formando parte de ella para el resto de su existencia.

martes, abril 01, 2008

Breve decálogo sobre la amistad.

Ayer por la noche tuve una charla muy divertida con Amparo. Nos dio por clasificar amistades. Todo esto vino a que hace unos días, a ella le volvió a brotar una amiga, alguien que creía había dejado de regar. No es que Amparo no quisiera hacerlo (bueno si) pero me dijo que la amiga era de las típicas personas que un buen día conocen a alguien y deciden cortar con todo el mundo mundial. En ese momento era la persona más feliz universo conocido y por conocer y había decidido que ya no necesitaba a nadie. “Algo querrá ahora que vuelve tan insistente…” Me comentó Amparo. “Me lo has quitado de la punta de la lengua” le dije maldiciéndome por no ser mucho más rápido que ella. Pues sí, personajes como este (me refiero a la amiga de Amparo no a ella, aunque también es un personaje en si misma pero de otra forma) abundan más que la basura en las playas de una gran ciudad.

La clasificación fue rápida. Pero he de reconocer que en algunos aspecto dimos en el clavo. Sobre todo cuando nos dio por ilustrarlo con determinados ejemplos.

Amigos Llavero: Son aquellos que te los llevas a todas partes. Pueden ser alegres y llamativos o pesados como el latón. Por regla general suelen ser personas o que nunca tienen muchos planes para salir o que se apuntan a un bombardeo. Los primeros son los que carecen de amistades propias. Por lo que es un autentico milagro que te hayan conocido. Con los segundo hasta te puedes divertir, siempre que no tengas que sorportar sus vomiteras o lloreras post borrachera.

Amigos Transparentes: Son los que están pero no los ves. Se pueden perder o morir un día y nadie se da cuenta hasta pasados más de un millón de años cuando te los encuentras en la cola del Juicio Final. Son personas que apenas hablan, que no dicen nada interesante, que no molestan pero que tampoco aportan nada. Pero aun y así están ahí aunque no los veas.

Amigos Parásito: Los hay de dos clases. Los denominados gorrones. Que invaden tu espacio vital y arrasan allí por donde pisan (como las langostas) y, en segundo lugar, los que se aprovechan de tu amistad para conocer y adherirse a otras personas (como las ladillas). Estos últimos, por regla general, no tienen más amigos que los tuyos propios a los que, para mayor colmo, ya consideran suyos. Incluso en ocasiones, tratan de presentártelos como si no los hubieras conocido nunca (o hacer de intermediarios si has perdido sus teléfono y no te acuerdas en ese momento de cuál es). “Ya lo llamo yo y le digo que quieres hablar con él” o “Sabes, tengo unos amigos en Valencia…" “¿No serán tal y pascual?” “Pues si.” “Cariño, te los presenté yo.” “¡Ah, es cierto! Bueno pero si bajamos yo me quedo a dormir en su casa y té te buscas la vida ¿vale?”

Amigos Grises: Son lo que no molestan como los amigos parasito pero tampoco aportan nada. Son floreros vivientes. Sirven para hacer bulto y aprovecharse de descuentos en museos y parques de atracciones. Algunos se reactivan si van bebidos o si les hablas de un tema que les apasiona (en el caso que exista dicho tema). Son personajes cuya vida es como una línea recta, sin fluctuaciones. Son de reencarnación vacacional, de encéfalo”Karma” plano. Pero majetes en el fondo.

Amigos de toda la vida: Los que les perdonas hasta las peores perrerías. Son como prolongaciones de uno mismo. Con los que te irías al fin del mundo o les donarías un riñón si fuese necesario. No importa el tiempo que lo conozcas son parte de ti y quedarte sin ellos es como si te arrancasen un brazo o una pierna.

Amigos por un día: Son aquellos que conoces en un grupo de amigos y después de esa velada ya no los ves jamás. Eso si te lo puedes pasar de puta madre con ellos. Pero son como barcos que se cruzan en mitad de la noche. De un sólo uso.

Amigos en la distancia: Son los que se encuentran a años luz de tu ciudad o son los que no ves en muchísimo tiempo pero aun mantienes contacto con ellos. A veces, si se produce el encuentro, puedes llevarte autenticas sorpresas (sean buenas o malas).

Amigos Guadiana: Los que aparecen en tu vida y desaparecen y vuelven a aparecer con el tiempo y así sucesivamente. Si hay buen rollo hasta te alegras de volver a verlos, pero si no, se convierten en un autentico peñazo, sobre todo si te acosan o te lloriquean que les perdones o que les escuches.

Amigos de tus amigos: Pueden ser de buen rollo y verlos sólo cuando corresponde o insoportables ya que forman parte vital de la vida de tus amigos y has de tragar aunque te caigan como una patada en los cojones.

Conocidos que se creen amigos: Estos son los peores. Abusan de tu buena fe para sacar provecho en todo lo que te rodea y que para el colmo se piensan que les importas. Suelen hacer lo posible para llamarte la atención con gracietas y gilipolladas varias para que cuentes con ellos en futuras reuniones o para que le presentes a alguien. Si no lo consiguen se cabrean como macacos. También son los que una vez han conseguido su objetivo te dan la puñalada trapera lo que en el fondo te importa una puta mierda.



lunes, marzo 31, 2008

¡Pero qué brutos!

Leo en un periódico: “Marko Kulju, ciudadano Finlandés arrancó un lóbulo a una de las orejas de un Moai durante sus vacaciones en la isla de Pascua para, según sus palabras: Llevárselo de recuerdo...” Claro, el tipo era tan tonto que además, lo pillaron a plena luz del día con las manos en la masa. De momento se ha llevado una multa de siete millones de pesos y de paso se juega en pellejo durante una buena temporada en la cárcel. Y es que hay que ser cazurro y salvaje. Claro, para que luego digan de los Españoles, los Italianos o incluso los Griegos…

Vamos a ver no es la primera vez que se cometen salvajadas de este tipo. La gente que viaja algunos, no todos, no saben comportarse y menos cuando hay monumentos del tamaño y la forma que sea. Está bien que uno se lleve cachos del muro de Berlín, o incluso arena de Egipto o de las playas de Normandía. Pero de eso a arrancar partes del cuerpo de una escultura es algo que duele aun a sabiendas de que la pobre estatua no se va a quejar.

Nosotros que en casa hemos viajado mucho hemos sido testigos de ejemplos, en menor medida que el episodio de la oreja del Moai. Tampoco hace falta irse muy lejos para poder contemplarlos.

Por ejemplo, una vez estando de vacaciones en Londres Miguel y yo visitábamos la National Gallery de repente comienzan a sonar las alarmas. En la sala siguiente a la nuestra un tiparraco de nacionalidad española se había dedicado a joder la marrana tocando con sus dedazos la mayoría de los cuadros allí expuestos. Cuando vinieron los guardas a llamar la atención el muy capullo se puso farruco, a aparte de discutir con ellos, le dio por volver a toquetear de nuevo algunas de la piezas. Tenía que demostrar a la churri que llevaba bajo el brazo que él era el tío más chulo del mundo. Ella, española como él se reía de sus gracias. Claro al final acabaron los dos fuera del recinto.

En otra ocasión en la sección de arte griego del Luvre en París, un turista japonés le dio por pisotear un impresionante mosaico con la cara de Zeus (acordonado y todo) porque perdía de vista a su grupo y claro el camino más recto para ello era atravesar por en medio de aquella obra de arte. Pese a los silbidos y improperios de los allí presentes el tipo nos miró con cara de idiota y pasar de nosotros olímpicamente.

Días más tarde en Versalles a otro grupo de turistas nipones les dio por dormirse en los bancos donde El Rey Sol reposaba sus reales posaderas y apoyar la cabeza (poniendo un pañuelo blanco para no mancharse) en uno de los pivotes que acordonaban la zona. Varias salas más adelante a otros japoneses les daba por subirse a las butacas de terciopelo, descalzos y hacerse fotos (sonrisa estúpida incluida) tocando con la punta de uno de sus dedos los cuadros expuestos en algunas salas.

Supongo que no seré el único que ha vivido este tipo desagradables anécdotas. Si sabéis de alguna contadla que seguro supera lo aquí narrado.