domingo, febrero 25, 2007

Donde hay pelo hay un oso... aunque sea cochambroso.

Anoche a última hora Miguel, Mae (amigo de años) y yo salimos de fiesta. Decidimos que, ya que los tres somos gays ex juerguistas salir a ver que nuevo se cocía en el "ambiente". Pero claro, las cosas cuando tienes ocho o nueve años menos no son lo mismo que ahora, que uno, a estas alturas ya va un poco más asentado y pasa de ver los tics, filias y fobias del mundillo del ambiente como algo divertido o caricaturesco por no decir bizarro. Como no nos va ver niñatas (me refiero a pubertos encoloniados hasta las cejas y repeinados como si acabasen de salir de un pase superfhashionguays de Llongueras) nos fuimos a ver osos, que es más lo nuestro. Para quien no lo sepa los osos son aquellos gays que no parecen gays (aunque luego son los más arquetipos llevan a cuestas) suelen ser señores grandotes (aunque los hay tipo Hobbit), peludotes y machotes (eso sí, habría que decir que más de uno cuando abre la boca suelta más plumón que una funda nórdica del IKEA). Pero bueno, por lo menos no vimos engendros indefinidos y más tontos que Picio que solo saben menear el culo y estar todo el día pegados al móvil porque al estar tan buenos buenísimos tienen la agenda llena a rebosar de pollas con patas que desean conocer su lado más oscuro). A ver, no quiero decir con ello que los Osos sean aquí eminencias dignas de la Real Academia de la Lengua Española o foránea. Hay tontos y creídos en todas partes pero por lo menos estos (no todos) son agradables para la vista (la mía y la de quienes me acompañan) se entiende. Eso sí, no os vayáis a pensar que todo es juerga y alegría. Decadencia y mohosidad hay en todas partes y los osos tampoco se libran de ello, es más creo que en este sector se nota aun mucho más. En primer lugar fuimos a un sitio llamado Bacón, en el que no se come platos derivados del cerdo aunque el que quiera comerse algo para eso ya tiene el cuarto oscuro. Es un bar de esos tipo “Punto de Encuentro” donde peludos y ballenatos se dan cita para tomar algo, charlar y luego hacer la ruta osuna que en unos líneas más abajo os voy a contar. Allí nos encontramos con gente conocida. Vestigios del pasado que, como estatuas etruscas de tercera generación, aún permanecen adheridos a las paredes en espera a que cualquier día un arqueólogo despechugado y con barba de tres días los descubra y se los lleva a su museo particular . Basta decir que por lo menos uno de los encuentros fue agradable, se trata de Ramón un colgado muy divertido que, de esmirriado y barbilampiño, ha terminado ganando algo de peso, barriga y aspecto un poco más osuno. El tipo es divertido y con una risa contagiosa. Hablamos con él un ratillo y luego lo dejamos pulular por el local porque al ser muy popular entre la clientela tenía a muchísima más gente a la que saludar. Es curioso pero por regla general en estos de lugares de encuentro, cuando no eres habitual sueles sentirte muy observado. Aunque sea de reojo. Son esas miradas dubitativas, que se preguntan cosas como: “¿Quién es este tipo?, ¿Le conozco? ¿Me lo habré follado ya?” y otro tipo de lindezas. Si hay algo bueno que tienen los locales de osos es que no hay mucho prejuicios. Puedes tener una barriga o lorzas que te las pisas que nadie te mirará con asco, no escucharas cuchicheos o incluso amagos de arcadas descomunales. Pero tampoco es la panacea, que de creídas y diosas el mundo (y los cementerios) están llenos. El otro personaje que nos encontramos (aunque sólo fue de refilón) fue a una oso tonta que tiempo atrás iba de supermegaguaysdelmundomundial y que ahora se había encontrado que era uno más del montón. No sé si os pasa a vosotros, pero yo tengo como un sexto sentido para pillar mezquinos con el disfraz de encantos con patas. Este, en cuestión, había venido al mundo a por lo menos a ser el Jesucristo de los osos. Todo el mundo tenía que adorarlo, todos los culos y pollas peludos del mundo tenían que pasar por su beneplácito, él era lo más. Por suerte la cosa se quedó en nada, aunque al principio reconozco que el muchacho pisaba con fuerza aunque a menudo con zancadas más torpes que las de Frankestein. Ahora (como me comentó Ramón) era uno más, como él habían aparecido ciento y su madre y el muchacho ya estaba bastante Gagá. Su espejito de Blancanieves ya no le consideraba el más chupiguays del momento. Estaba más sobado que la flauta de Bartolo y la nueva carne tiraba mucho más. Ya no era el oso más bello del mundo, aunque él aun lo pensase. Bueno, después de darle a la sin hueso durante un rato, los tres (Miguel , Mae y un servidor) nos fuimos al Bear Factory, una discoteca de osos donde tras mear, tomar algo sentirse observados y sobre todo (accidentalmente) refregados por algún que otro “miembro” del respetable nos fuimos al antro más decadente de la ciudad conocido como Martins, ahora catedral de los osos que no pillan mosca y que van más pasados de vueltas que el engranaje de una noria. Fuimos allí en cierta forma recomendados por el omnipresente Ramón (al final nos lo encontrábamos en todos lados)que fue quienes nos sugirió la ruta osuna por excelencia. Porque uno ya conoce el ambiente que si es la primera vez me creo que estoy en las entrañas del pasaje del terror del Tibidabo. Ya por sí el sitio es como caduco y guarro, estrecho y lleno de escaleras donde se amontonaba botellas y vasos de tubo a medio vaciar. La parte de arriba del local creo que sirvió a Doré para recrear uno de los infiernos de La Divina Comedia de Dante. La parte de debajo, donde se encontraba la pista de baile, estaba a hasta los topes de gente meneándose al unísono, aunque perfectamente podrían haber sido almas en pena esperando que los demonios les arrojasen calderas de aceite hirviendo. El sitio olía a mustio y sudor, con muchos rostros con la mirada como perdidos más allá de las paredes. Vamos a ver, Martins nunca había sido el súmmum de la alegría y la higiene pero ahora aquello se parecía más a la madriguera de una manada de Trolls de las Cavernas. Después de dar una vuelta con refregones (involuntarios e innecesarios) Mae nos llevó a Miguel y a mí a casa. Fue en el coche cuando nos divertimos mucho más cantando y gritando los temas que escupía el CD insertado en el Radio/CD de la guantera. La gran moraleja que sacamos esta noche es que ya todo no es lo que era, o que tal vez ya vemos las cosas con otros ojos.

6 comentarios:

La Reina Morcilla dijo...

Lo bueno de darse en los dientes con esa moraleja es darse cuenta que si pasa eso es por que hay una evolución constante.

A mí me parecería bastante triste saberme estancada...

Y que digo yo que la otra vertiente vendría a siendo a que dependería de las exepactativas que le pusierais, por que si sales sin pensar, sea dónde sea, si vas bien acompañado, la fiesta sigue siendo la fiesta.
Eso si, una se suele ir antes a casa, que prefiere dedicarle más tiempo al sol y a la bici dominical que a las fieras y paseos nocturnos on the rocks...

En fin, sea como fuere, qué bien que el camino a casa fuera alegre. Y que llegarais. :)

Besos! :)

foscardo dijo...

Si, eso de salir sin mas y divertirse es mas cierto como que el sol brila cada mañana. Lo que sucede es que te das cuant de que lo que antes te gustaba, o bien antes encajabas ahora esta a años luz de lo que buscas o te hace snetir bien. Pasa con los lugares y con las personas. Aunque hay tambien personas con las que hace la tira qeu no sales en las que el feeling se mantiene igual, pese al cambio de puntos de vista.

Queer Enquirer dijo...

Pero vamos a lo importante... el disco que sonaba era de Alaska o no?

foscardo dijo...

Eran las Scissors sisters te vale???

Queer Enquirer dijo...

Je. Había pocas posibilidades de que fuera algo más marica que Alaska. Y has conseguido hacerlo :D

Djabliyo dijo...

Veinticincooo de abriiiiil...

Ya falta menosss