lunes, septiembre 29, 2008

Señales

Hace unos cuantos días están sucediendo cosas extrañas en mi entorno familiar. Siempre que va a suceder algo raro aparece a mi alrededor una especie de señal de advertencia, en la mayoría de los casos posee la forma de un animal de sangre fría concretamente una salamanquesa, que de la misma forma que aparece, desaparece sin decir adiós, solo deja el latente el mensaje de que algo extraño va a suceder. Por regla general este animalillo aparece en el balcón de mi casa. Un noveno piso y lo hace en muy contadas ocasiones. Mi madre ya le tenía bastante manía porque el mismo efecto que me produce a mi le producía a ella. Hay quien dice que estos animales son beneficiosos que comen mosquitos bla, bla, bla y bla, en el caso nuestro solo traen malos augurios, aunque bueno, si hay algo de beneficioso en ello es que avisan de que se aproxima una especie de “vendaval”.

Hace un par de semanas me disponía a salir a comprar cuando tras abrir la puerta y dirigirme al rellano donde se encontraban los ascensores vi a uno de estos animalillos, mirándome atentamente desde lo alto del techo, muy cerca de la puerta de mi casa. He de decir que se me heló la sangre. Ya puede ser sugestión u otro tipo de mandangas pero no me hizo nada de gracia, además, ¿cómo narices había llegado a colarse dentro de un rellano?

Como soy un tío con fe, me acerqué al animalillo y tras rezar un padrenuestro le pedí que si venía para algo bueno en nuestras vidas que se quedase, que era bien recibido pero si había venido para algo nefasto mejor debería optar por pirarse de aquel lugar. Me fui a la calle preguntándome aun cómo había llegado ese animalito a la pared del rellano.

Cuando regresé aun estaba allí. Pero esta vez mucho más cerca de la puerta de casa. Pensé que si por un casual había escuchado mi plegaria en esta ocasión había venido a traer algo de buen rollo y armonía. Picado por la curiosidad al cabo de unas horas abrí la puerta y ya no la vi más. La busqué pero no había rastro de ella por ningún lado. Había desaparecido.

Pasaron los días y yo ya iba con la mosca tras la oreja pensando a ver que podía suceder a mi alrededor y de qué me venía a advertir aquel bichejo tan especial.

Durante ese tiempo lo único peculiar que sucedía era que mi ex cuñado le dio por llamarme a casa día sí y día también para consultarme cosas sobre el ordenador ya que estaba confeccionando un álbum de fotos virtuales de toda la familia (incluyéndome a mí, mis padres y a mi hermana) y no sabía cómo llevarlo a cabo. He de decir que es la informática y él están a años luz de distancia por lo que tratar de enseñarle a abrir un documento es como tratar de pedirle a un mono que componga una ópera. Lo que más me llamaba la atención de su actitud era su cordialidad, como si nada del pasado hubiera sucedido, es más, en varias ocasiones tuve una extraña sensación de que lo sucedido durante estos dos últimos años no había ocurrido nunca y que me estaba llamando desde sus antigua casa y que mi hermana y los niños vivían con él en perfecta armonía. Algo estremecedor digno de un episodio de La Dimensión Desconocida (Twilight Zone). En una de las llamada me comunicó que tenía muchas ganas de ver a mi hermana. Yo le dije que se lo consultaría a ella. Aunque mi intención era decirle que se olvidase de ir por allí y molestarla. No me vino de sorpresa ya que días atrás los niños me lo comentaron. Una tarde que fuimos a visitarla le comenté lo que su ex marido había dicho y le pregunté si quería verlo. Me dijo que "NO", rotundo. Caso cerrado.

Hasta el momento las cosas no eran más extrañas que eso. Lo más peculiar y quizás lo más terrorífico sucedió el jueves pasado cuando recibí una llamada de alerta del colegio para comunicarme que mi ex cuñado les había llamado para decirles que iba a ir a buscar a sus hijos y que por favor no me lo comunicasen. Como me sucedió con la visión de la salamanquesa se me heló la sangre. En primer lugar si él quería ir a ver a sus hijos tenía que comunicármelo inmediatamente, cosa que no hizo, al tener yo la guardia y custodia. En segundo lugar el hecho de pedirles que no me dijeran nada ya me sonó a malas intenciones. Y no sólo a mí. Tercero no me sonó a muy normal ir a ver a los niños justo a la hora que tenían muy poco tiempo de venir a casa para comer y regresar al colegio.

Llamé a Paloma (la abogada de mi hermana) y me dijo que corriera a buscar a los niños. El colegio como estaba esperando mi respuesta se pusieron en alerta. Conseguí llegar por la parte trasera del edificio y la directora los acompañó hasta el coche. Los niños estaba asustados y eso que ya había hablado con Laura momentos antes de ir a buscarlos. Pero estaban muy nerviosos. El miedo a su padre había vuelto a hacer mella en ellos. Les hice agachar la cabeza dentro del coche y pasé raudo por delante del colegio para que él si estaba ya allí no los viera. Después de comer los niños me pidieron que les llevase al cole de nuevo y si podía les recogiera. Cosa que hice. No hubo rastro de su padre en ningún momento. Ni tampoco al día siguiente.

La teoría de Paloma es que al haber cortado con la pareja que estaba ahora le invadían los remordimientos. Las señales como la de crear un álbum de fotos virtual o la de su deseo por ir a ver de nuevo a mi hermana eran evidentes de ello. Pero claro, hay remordimientos de aspecto pasivo, y los hay violentos y con el historial de este sujeto tenía todas las papeletas para que fuese más la segunda opción.

Pero aquí no acaba todo. El sábado por la mañana a eso de las 7 suena el teléfono. Era él. Yo estaba medio dormido como era habitual ese día y esa hora. Me empieza a hablar de un cuadro de mi familia y yo en ese momento no sé a qué coño se está refiriendo. Lo curioso es que aun no ha amanecido y pienso que se trata de un sueño (por cierto últimamente sueño cosas muy raras referentes a gatos, insectos, extraños peces con formas deformes y cosas pulposas que se escurren entre las sombras) pero no, era la pura realidad. Hago memoria y recuerdo el cuadro, uno de una pescadera que compraron mis padres antes cuando se casaron y que se llevó mi hermana cuando inauguró piso con el mochuelo.

Me acuerdo del mal rollo de jueves y le digo que se deshaga del cuadro, todo con tal de no verlo a él por allí, luego el me insiste en unas enciclopedias y yo le vuelvo a driblear comentándole que las deje en la calle y ya se las llevará alguien, que yo no tenía sitio; por último lo intenta con unas películas en DVD y le vuelvo a pasar la pelota alegándole que son copias de películas que yo tengo y que no me hacen falta.
Pese a estar aturdido consigo quitármelo de encima pero pienso que esto no ha terminado aun. Por cierto… La semana que le tocó a él llevarse los niños lo hizo con una brevedad tal que fue casi una anécdota. Lo más triste de todo es que en vez de invitar a sus hijos a tomar algo fueron ellos. con su paga semanal, los que le tuvieron que pagar las cervezas que se mamó en el bar.

Aquella misma mañana, después de las llamadas, mi sobrino viene a la habitación y nos pregunta que es lo que quería su padre a las 7 de la mañana. Le mandamos a dormir y le dijimos que no se preocupase de nada.

jueves, septiembre 25, 2008

El arte del insulto

No todo el mundo sabe ofender. Hay quien hace uso de los insultos de forma desganada como si se les escapase un pedo o un eructo. Creo que insultar es un arte y hay que saber conjugar las palabras para que su efecto en el lado contrario sea radical. Un buen insulto debería ser como en un duelo de espadachines uno de ellos le arrebata de golpe el florín o la espada. De esas situaciones llamadas “La espalda contra la pared”. Un buen insulto debería dejar sin respuesta a nuestro contrincante, de forma rápida y fulminante. Claro, también hay que saber contra quien nos batimos y cuál es su calidad (no cualidad). No hay nada peor que luchar contra un oponente ignorante, de esos que le lanzas un ataque y no se da cuenta que le han tapado la boca, la nariz y el orificio del culo por si acaso le da por respirar por ahí. De esos que convierten el duelo en algo eterno y de cartón piedra contraatacándote sin descanso con una sarta de palabrería surgida desde lo más profundo de una la cloaca. Porque, claro ya se dice que “No ofende el que quiere sino el que puede” (aunque hay quien como atacado por la dislexia lo interprete al revés). ¿Se puede llegar a insultar sin soltar una palabra malsonante? Pienso y estoy convencido que sí, el problema es que no todo el mundo está capacitado para ello, y me refiero a interpretar el mensaje, más aun cuando el ego, en esos instantes está más que tocado. ¿Se puede insultar con el silencio? Creo que también, pero claro quién insulta , dependiendo de su nivel, puede interpretar el mutismo de su contrincante como una victoria y por ende pensar que con sus (burdos) ataques está ganando la batalla, la guerra y encima, como Napoleón o Hitler, llegar a dominar el mundo.

Uno que ya está más que curtido surfeando por la red y sobre todo por los foros a veces se encuentra a seres “pre” prehistóricos que utilizan su escasa mollera (a veces pienso que Dios reparte cerebros a quien no los merece o pueda hacer buen uso de ellos) para tocar los cojones al personal soltando toda clase de paridas en foros de debate o chats o cualquier otro lugar virtual donde sea necesario un texto escrito. Es lo que tiene Internet que es cien por cien libre al acceso tanto para cabezas pensantes como para recipientes para bellotas. A veces me pregunto si tantas cosas buenas se han inventado en la red de redes porque nadie ha inventado nada efectivo para erradicar esa estúpida plaga. Porque si por lo menos fueran graciosos… Pero no, son tan lerdos que encima insultan sin gracia y con faltas de ortografía lo que no sólo es molesto sino que incluso te hace cuestionar como han logrado comprender lo que es un teclado y como pulsar las letras para construir una palabra (o algo que más o menos se le parezca). Muchas veces me dan ganas de llorar al ver tanta neurona desperdiciada en un cuerpo con tanta salud (porque mala hierba nunca muere ni por mucha huelga de hambre que hagan) como para disfrutar de unos momentos sentado frente a su ordenador. A veces no os imagináis como me acuerdo de la cantidad de gente valiosa que hay conectado a una maquina o a una medicación para ayudarles a que se mantengan con vida. Sí, qué mal repartido está el mundo… sobre todo y aun más cuando también aparecen otro tipo de paladines del insulto (llámese terroristas) por televisión…

Como soy muy curioso, sino no me habría dedicado al periodismo, me pregunto muchas veces que sensación deben sentir estos seres cuando escriben sus funestos mensajes. Supongo que debe ser como una especie de orgasmo o sentirse con la libertad de gritar ¡Fuego! en un cine sin que pueda morir nadie pisoteado por el pánico o te encarcelen por ello. Ya sé que para que ese tipo de energúmenos se desahogasen se inventaron los estadios de fútbol, verdaderas catedrales de los insultos más vulgares, chabacanos y despreciables de la faz de este planeta (y de algún que otro seguro que también) pero que queréis que os diga me da la sensación que Internet les está ganando terreno, además con clara ventaja del anonimato.

Volviendo al tema principal. Y a modo de resumen. Insultar es un arte, es como la poesía, la pintura o la escultura, pero ojo, no todo el mundo está preparado para ello. Insultar requiere un esfuerzo neuronal poderoso, mucha practica, un don innato y rodearse de los mejores contrincantes.

lunes, septiembre 22, 2008

Otoño para siempre

Llega el otoño y lo ha hecho con todos los honores, pintando el cielo de gris y amenazando tormenta. Uno en esta vida se va acostumbrando a todo, sobre todo cuando ya van pesando más los años y las estupideces de la juventud se transmutan en recuerdos y en otro tipo de sensaciones mucho más serenas. Hace un tiempo, mucho pero no recuerdo bien cuanto no me gustaba esta época del año. Ahora ya sí. Incluso la prefiero al verano…

Permitidme una reflexión, que quizás os sirva para daros cuenta, sobre todo aquellos que piensan como yo, de que no estáis solos y que hay muchos más como nosotros que han aprendido a amar esta estación del año.

En otoño abandonamos el calor natural pero lo buscamos, bien a solas o acompañados, tras las mantas y los edredones; las hojas caen, el suelo de los senderos del bosque se va volviendo ocre y se respira a tierra mojada. Sí, el otoño invita a pasear por el bosque a buscar setas a manchar nuestros zapatos de fango a disfrutar de las brumas y la niebla que como un fantasma nos sigue a nuestros pasos.

Antaño el otoño atraía a nuestros bolsillos (o a los cucuruchos de papel) las castañas y los boniatos, los dulces con almendras y piñones de Todos los Santos. Era tiempo de acordarse de los muertos, de visitar a los camposantos, tanto si se amaban o se detestaban a los que allí se encontraban reposando. Dichas costumbres aun permanecen en los pueblos, en algunos más arraigadas que en otros, pero lamentablemente cada vez son menos las que las practican y caen lentamente y como hojas muertas tanto en las pequeñas como en las grandes ciudades.

Como he comentado el otoño atrae al recogimiento y también debería de servirnos para reflexionar que un día, tal vez, nos llegue a nosotros madurar, amarillear y convertirnos en hojas caducas y desprendernos de las ramas que nos agarran a ese gran árbol que representa la vida para dejar paso a que otras hojas nuevas crezcan con fuerza poblando con verdor su frondosa cabellera. Hemos de ser conscientes de ello, nada es perecedero y que otros como nosotros ya lo hicieron antes.

jueves, septiembre 18, 2008

El Turista Accidental

Muy a menudo me suelo convertir en turista accidental. Es decir que sin pensármelo y por razones de trabajo, me toca irme de viaje a donde Cristo perdió la zapatilla. Normalmente no digo que no a cualquier invitación siempre y cuando sean los interesados los que me costeen el viaje ya que mi economía y el presupuesto de la revista se niegan a cooperar. Gracias al periodismo he conseguido conocer lugares lejanos ( sin perjudicar apenas para nada mi pauperrima cuenta corriente) y personas interesantes, y lo que es mejor poder visitar, aunque sea un momento rincones de las ciudades que han plantado las suelas de mis zapatos.

Ayer viaje de relámpago a Madrid. Fue ir y venir el mismo día. En el AVE. Por cierto ha costado traerlo a Barcelona pero que placer viajar en él. Mientras veía pasar el paisaje a toda velocidad me dio por pensar que me hubiera gustado ser dentro de la profesión sin haber tenido otras “ataduras” como la familia y otras hierbas. Se me ocurrió que me hubiera gustado ser Corresponsal de Guerra. Aunque no lo parezca me gusta la subida de adrenalina y sentirse presionado y desear alcanzar un poco de sosiego entre tanto conflicto bélico, la parte humana y política (aunque mucho más lo primero que lo segundo) también cuenta para mí y mucho. Otra opción que se me paso por mente es la de ser cronista de viajes, por lo menos es menos arriesgado aun dependiendo a donde te desplaces, pero tiene mucha magia conocer lugares ajenos a tu entorno o redescubrir o revisitar otros a los que adoras o te sientes a gusto.

Ayer pude hacer uno de mis sueños, de los más sencillos y felices. Después de terminar la rueda de prensa y la entrevista a la gente de Microsoft organizada en la Real Fábrica de Tapices me fui a dar una vuelta (al principio acompañado por más compañeros de medios de la capital) por el centro de la capital. Madrid ya la conozco bastante, lo suficiente como para moverme por ella con soltura así que con sólo 10 euros en el bolsillo (había comido muchos tentempiés en la convocatoria) me dediqué a aprovechar el tiempo que me quedaba visitando un lugar donde cada vez que voy termino por lo menos cien por cien extasiado. ¿Y cuál es ese lugar? Pues muy sencillo: El museo de El Prado. La entrada costaba 6 euros (los mejores euros gastados en mi vida) y pude disfrutar de la mejor pinacoteca del mundo por lo menos tres horas que tenía aun libres. Siempre he pensado que si Barcelona tuviera un museo como El Prado sería perfecta y me permitiría perderme cada vez que me diese la gana entre las obras de Sorolla, Velazquez, Goya, El Greco, la pintura Holandesa, el flamígero, lo barroco y el resto de maravillas que encierran colgadas en sus paredes.

La primera vez que visité El Prado tenía unos 8 años. Siempre he sido muy sensible a la pintura y a las bellas artes en general; mientras mis amigos se liaban a pelotazos, a correr, a trepar o atrapar bichos yo prefería dibujar y mirar láminas de arte. La primera vez que visité El Prado me hechizó. Recuerdo vagamente como se encontraba entonces pero si muy bien de muchas de sus pinturas. Es curioso. Siempre que voy a un museo, existe una o más pinturas que te impactan y se te quedan grabadas en la retina para toda la vida. El Prado tiene muchas de ellas y cada vez que he ido las voy a visitar, como si se tratasen de viejos amigos a los que hace tiempo que no veo y me apetece saludarlos. Y en el fondo, pensándolo bien, es así.

Al primer “amigo” que visité fue Velázquez y sus Meninas, a parte de los cuadros de bufones y realeza que siempre me han encantado. Me quedé un buen rato contemplándolos sobre todo los principales detalles de los cuadros, la iluminación, las posturas, las pinceladas; esos pequeños golpes maestros que hace que aparezca en un lienzo texturas y detalles casi calcados de la realidad (menos en el arte contemporáneo a no ser obras hiperrealistas) Después de saludar a Velázquez me pase por la sala de El Greco donde habitan todos esos personajes tan espigados, tan melancólicos, tan cristianos. Donde me quedé más rato fue con Goya. Me apasiona su obra, sobre todo su etapa oscura con aquellos seres tan deformes, caricaturescos y retorcidos se reparten a lo largo de inmensos lienzos rectangulares. Hay un cuadro de esa etapa que me siempre me ha llamado la atención y que lo vi en mi tierna infancia nunca más pude quitármelo de la cabeza. Se trata de "Saturno devorando a uno de sus hijos". El rostro decrepito y desquiciado del Dios me acompañó muchas noches de pesadillas. Me quede un buen rato mirándolo, como desafiándolo y haciendo las paces con él. Por un momento pensé que hubiera pasado si cualquiera de esos pintores no hubiese fallecido nunca, si por arte de la providencia se les hubiese concedido el don de la inmortalidad, la de estilos y obras que habríamos disfrutado. También pensé que por culpa de esa virtud ya no serian considerados genios. La muerte tiene eso te quita de en medio pero te da medallas… Otra cosa que también es cierta (y que duele reconocer) es que si no hubiese sido por la iglesia o por la realeza todas aquellas maravillas no estarían presentes en nuestras vidas. No, si al final habría que agradecerles algo y todo…

Después de visitar Tiziano y Zurbarán me fui a ver mi gran favorito, en realidad varios de mis favoritos se encuentran en esa sala, lo que es como sentir un auténtico éxtasis mariano… Se trata de El Jardín de las Delicias de El Bosco. Esa obra es lo mejor que se ha pintado en la historia de la humanidad. Bueno es mi opinión pero seguro que la comparto con muchos. No hay obra que la iguale a excepción de El Triunfo de la Muerte (de Pieter Brueghel el Viejo) que se encuentra en la misma sala. Pienso que El Bosco fue un adelantado en su época y un visionario tal que ríete tu de todas las centurias de Nostradamus. Aparte de estos dos cuadros pude admirar El Carro de Heno y La Mesa de los Siete Pecados Capitales, donde y pese a que pone “NO TOCAR NI APOYARSE” la gente se empeñaba en apoyar su melena o sus dátiles sobre ella (con el consiguiente cabreo de la vigilante de turno).


Cuando terminé la visita me fui para Atocha. Pasé delante (pero no entré) del Thyssen-Bornemisza, un museo imprescindible de visitar e imperdonable si no lo haces, por lo menos una vez en tu vida y de admirar las mejores obras de pintura moderna y contemporánea del mundo. También pasé por delante del Reina Sofía del que sólo salvo una sala, la denominada “Realismo Mágico” y en especial el inquietante cuadro “El Accidente” de Alfonso Ponce de León y por supuesto la obra clave del museo, el monumental “Guernica” de Picasso.
Llegué a Atocha donde las imágenes del 11 M aun podían verse en cualquier rincón, ya completamente invisibles pero tan tangibles como el duro acero de las vías de tren donde sucedió la terrible tragedia. Después aburrirme en contemplar las tortuguitas del estanque en nenúfares del curioso jardín botánico situado justo en el interior de la estación y ver como los pajarillos se llevaban las migas de pan a las copas de las plantas exóticas Me dío por preguntar si podía cambiar mi billete de regreso y del AVE y adelantar mi llegada a Barcelona una hora antes, cosa que fue posible.

martes, septiembre 16, 2008

Mi Familia y otros Bichos

Poseído por el espíritu de Kafka.

Parece que lo checo me persigue sobre todo de uno de sus máximos representantes culturales como es Franz Kafka experto en escribir situaciones rocambolescas. Ahora os cuento mi propia odisea Kafkiana…

Hace unos días comentaba en este blog que mi hermana intentó suicidarse ingiriendo dos clips que al final acabé descubriendo que se trataban para el pelo, en vez de clips para papeles. Se los dio la enfermera que me comentó el caso porque mi hermana me dijo que quería recogerse el pelo para estar más cómoda. Mi hermana acabó expulsando uno, del segundo clip nada se sabe o por lo menos no se me ha comunicado. Eso si escupe sangre. Como tampoco se me ha comunicado personalmente el intento de suicidio por parte de los responsables del hospital donde se encuentra ingresada. Fui a hacer la reclamación y la encargada del tema me dribleó como si fuese una pelota de futbol dejándome con un simple papel de reclamaciones.
Lo más curioso de este asunto no es eso, aunque ya de por si lo parezca, lo más espeluznante es que ahora a mi hermana la han cambiado de planta. Por un lado ya no está en psiquiatría (ese lugar lleno de locura pero que por lo menos la mantenían controlada, pese al episodio de los clips) y por otro, no sé si llamarlo bueno o malo, me la han dejado al alcance de nuevos y maravillosos objetos de todos los tamaños y formas para hacerse todo el daño posible en lo que se incluyen huecos de escaleras, ascensores con salida hacia el exterior, ventanas, objetos punzantes como cuchillos, tenedores, tijeras, cuchillas de afeitar, pastillas y un largo etcétera… (por 25 pesetas … un, dos, tres, responda otra vez…) Para rizar aun más el rizo en este asunto. Ahora con el cambio de planta la asistenta social (que no le entra en la mollera que me llamo Richard no Ricardo) que tenía asignada es otra con lo que todo el proceso de papeleo que tenía con la primera he de repetirlo con la segunda. Y por otro lado el tema de un posible tratamiento psicológico que se me propuso (tarde) en psiquiatría se ha desvanecido como el humo.
Otra Kafkaniada:
El EAIA sigue sin cerrar el caso de mis sobrinos con lo que ando cien por cien bloqueado tratando de gestionar con las inútiles de las Asistentes Sociales de mi distrito las ayudas tanto para las becas de comedor del colegio, como para la ayuda de 2.800 euros para acogida de menores bajo tutela o adopción que la Generalitat de Catalunya proporciona a quienes lo consigan, como es nuestro caso. Pero claro mientras los inepto del EAIA no cierre el tema no puedo progresar en nada. Les he llamado varias veces (muchas de ellas sin conseguir hablar con ellos) y me han dicho que el caso ya estaba cerrado y que en todo caso el error era del ordenador de las asistentes sociales de mi distrito... Antes de que se me haga tarde (ya que las becas sólo son aceptadas aquellas que se hayan pedido antes del 31 de Diciembre) les he pedido hora no sea que durante esa fecha el ordenador se arregle milagrosamente y estas puedan actuar, no como saben pero si como deberían hacerlo. En todo caso tengo previsto que si la cosa no funciona bajar de nuevo a hacer una visita a los responsables del Sindic de Greuges…
Más temas Kafkianos:
Resulta que el padre de los niños ya no está con su novia. Su versión: Ella es muy mala, le ha robado dinero, le ha puesto los cuernos con otro y encima es alcohólica. Claro que desde que se ha enterado que mi hermana tiene novio tiene una ganas locas de volver a verla cosa que me he negado en rotundidad. Ahora el tipo se quiere ir a vivir con su padre y rehacer su vida. Yo le he comentado a mis sobrinos que antes de creerse a pies juntillas las historias que les cuenta su padre que escuchen también la versión de la ex novia que seguro que es totalmente diferente a la que él cuenta. Ya se sabe que se pilla antes a un mentiroso que aun cojo… Que os voy a contar.
Otro cuento Kafkiano:
El viernes me llamó una de las tías de los niños (no la Sargento de Hierro sino la que se los dejó en la calle hasta las 11 de la noche porque estaba más borracha que una cuba) Resulta que su hija se ha ido de casa y por un casual hace un par de fin de semanas vio a mi sobrina y claro de repente se acuerda que tiene una por parte de hermano, porque joder la marrana y marear a Miguel y a mi o a los niños durante el proceso de acogida y divorcio sí que sabe pero a la hora de quedarse con ellos y de ser responsable al respecto estas malas bichas desaparecen más rápido que el Correcaminos cuando se encuentra una trampa ACME del Coyote. Bueno pues resulta que me llama para decirme cómo es que la niña no lleva sujetador. No es que no lleve se pone un top porque la pobre aun no tiene pecho ni para llenar la copa más pequeña… Además no le apetece y se siente más cómoda. La tipa se preocupa mucho tratando de justificar que claro como vosotros sois hombres no sabéis nada de estos temas. Yo hago que la escucho mientras miro al techo. Pienso que ésta se debe haber bebido media botella de Coñac y tres de güisqui y no sabe a quién darle la brasa. Mi sobrina habla con ella y la manda al peo. Le dice que no le apetece ir de compras con ella y que quiere llevar top. Hablo de nuevo con la tía. Me dice que “La niña le ha dado largas… pero que bueno si ella quiere llevar top que lo lleve yo no la voy a obligar. Claro como su padre pasa de ella y su madre está donde está… ” Antes de que abra la boca para mandarla a cagar a la vía del tren me suelta: “¿Menuda cruz tenemos con esta familia verdad?” Yo no sé si reírme o llorar o gritarle con un supergritohuracanado (como el de Pepepotamo) Cuelgo, es lo mejor. La niña me dice que pasa de su tía que además quería venir a casa. Pienso “Pues podría venir así le devuelvo las hostias que le pego a mi9 hermana en el hospital el día que fue con su ex marido y la Sargento de Hierro”
Por cierto me entero por los niños que la Sargento de Hierro no quiere ni verlos porque son “Traidores y Judas no merecen disfrutar de la compañía de su familia paterna ni la de su padre…” Yo exclamo ¡Aleluya!

lunes, septiembre 15, 2008

Reflexión de la semana: ¿Fama o reconocimiento?

Es una pregunta simple pero que lamentablemente aun hay mucha gente que confunde su significado. Personalmente pienso que, aunque ambas parezcan ir a la par, tanto una como la otra van por distinto camino. En primer lugar, para llegar a conseguir fama no hace falta depender de un reconocimiento, tampoco implica el más mínimo esfuerzo (ni en algunos casos mucha sesera). Es algo que viene más del exterior, de los que te rodean, de aquellos que buscan alguien o algo en lo que creer o agarrarse. La fama es como la moda, pasajera y efímera. Hoy estas arriba y de repente están estampado en el suelo rodeado de un cráter de considerables dimensiones. La fama se alimenta del egocentrismo, la vanidad y la presunción; todo lo contrario a los que representa el reconocimiento ya que éste tiene bases mucho más sólidas y requiere, para consumarlo un gran esfuerzo, mucha vocación y sobre todo horas y horas de dedicación. Por supuesto es más tardío que la fama, pero una vez conseguido compensa mil millones de veces más.

miércoles, septiembre 10, 2008

Por encima del hombro

No hay nada como tener dinero (que este no es actualmente mi caso) para que, cuando vayas al banco, te traten como a un señor. Cuando no hay “cash” eres un cero a la izquierda (valga la redundancia) te miran por encima del hombro, desconfían de ti (en estos momentos tengo mi tarjeta de crédito secuestrada en un cajón de mi sucursal con pocas posibilidad de ser rescatada) Siempre me he preguntado cómo se debe sentir uno cuando tiene dinero, pero no con cuatro duros o seis, sino con más de mil o tal vez un millón. ¡Debe ser la leche! Supongo que este pensamiento le ha sucedido a más de uno que me esté leyendo y más ahora con esa especie de crisis que nos azota cual huracán caribeño sobre nuestras carteras.

Creo en los horóscopos, pero no en los que aparecen en los periódicos o revistas donde un día conocerás a cincuenta amantes y al día siguiente te darás un golpe en la cisterna del wc y te convertirás en un monje de clausura. Con cilicios incluidos. Creo en los que te hacen con las coordenadas de tu día, mes, hora y año de nacimiento. A veces uno se sorprende con lo que pueden llegar a decirte, bueno, en el caso de que te lo hagan bien. Yo no es que dude de mi carta astral pero hay cosas que no me cuadran como el apartado que me dice que al tener el Sol en la Casa II voy a tener mucho dinero. Ya me gustaría a mí tener dinero. Como no sean billetes del Monopoly lo dudo mucho porque mi cartera y mi cuenta corriente es un pozo de arañas del tamaño de mandriles endemoniados de los que hace 6 días que no comen.

Mi padre pudo comprobar en su día lo que es tener dinero. No de la forma más agradable. Tuvo que hacer un trueque y depositar 6 metros de intestino y un año y medio de suplicio hospitalero a cambio de 13 millones de pesetas. Pero bueno, pudo disfrutarlo, hecho una mierda pero como dicen: “Que le quiten lo bailao.” Ya sé que 13 millones de pesetas ahora no es nada pero en 1987 se podían hacer muchas cosas con ellas y una era que te lamiesen el culo en el banco del barrio. Recuerdo los malos años económicos (porque me recuerdan mucho a los que estamos viviendo ahora) ya que teníamos que esperar al día 24 para poder sacar 10 mil pesetas de la tarjeta de crédito y así poder ir a comprar comida. Recuerdo que cuando la máquina escupía el dinero aquello parecía una juerga flamenca, con palmeros incluidos. Luego venían de nuevo las penas y las desdichas. Que sepáis que nosotros las hemos coleccionado de todos los colores y formas. Si, en vez de muebles antiguos, sellos valioso, bonos del estado o lingotes de oro nosotros coleccionábamos penas del tamaño losas, hasta en ocasiones, por la compra de una nos regalaban otra. A veces tenía la sensación de que jugábamos al un extraño poker con una baraja del Tarot y siempre nos tocaban ases y escaleras de muertes, diablos o torres.

Cuando mi padre salió del hospital, que no quiere decir recuperado del todo, pudo cobrar la jubilación anticipada y apartarse por fin de la repugnante carrera de ratas que se celebraba, cada día sí y cada día también, dentro de la multinacional donde trabajaba y que casi le arranca la vida. Mi madre le decía siempre a mi padre que no podía ser ni tan honrado ni tan poco arriesgado… También consiguió cobrar varios seguros y vivir varios años de rentas. Rentas pequeñas pero lo suficientemente holgadas como para comprar una nueva vela al barquito y retirar la que los pajarracos del averno nos había agujereado.

Como al banco (en este caso caja) le gustó la entrada de tanto dinero a su sucursal cada vez que íbamos nos sacaban la alfombra roja. Sólo les faltaban lanzarnos flores y bombones. ¿Qué director de sucursal te da su teléfono personal para que le llames aunque sea a las 4 de la mañana para que te traiga churros con chocolate o melindros? Eso le paso a mi padre menos en la parte de los churros, el chocolate y los melindros. Ya no teníamos que hacer cola, ni mirarnos con cara de asco cuando entregábamos la cartilla con números rojos. Ahora pasábamos directamente al despacho del director y allí nos lo arreglaban todo en un plis plas. Con el paso del tiempo y a medida que la cuenta iba disminuyendo (mi padre nunca le gustó invertir y eso que era muy buen economista) el trato ya no fue siendo el mismo. Había respeto, porque había dinero, pero ya no había alfombra roja, ni flores ni bombones… Ahora volvíamos a ocupar la fila en la cola y cuando les hablabas te miraban con cierto desprecio y como si fueras idiota. El sueño fue efímero pero pudimos ver que sucedía cuando la cuenta corriente estaba contante y sonante.

Recuerdo que el día de la muerte de mi padre mi hermana y yo fuimos al banco a las 8 de la mañana. Nos atendió la subdirectora, una imbécil, pija y arrogante niñata que, aparte de no darnos la información necesaria sobre el estado de la cuenta de mi padre no nos dio ni pésame. Y eso que unos años atrás era una de las que nos lanzaban flores con más brío de toda la sucursal. No entendía lo que queríamos decirle (como si hablásemos en un extraño dialecto) y nos atendió con un desdén tal juré no dirigirle la palabra durante el tiempo que estuviera en ese sucursal.

Pero eso no es todo. Cuando mi hermana y yo cobramos lo que nos correspondía por herencia de nuestro padre y a mí se me ocurrió retirar el dinero de mi cuenta se me castigó retirándome la tarjeta de debito hasta que en el infierno cantasen querubines y surgieran flores. Al final los mandé a la mierda y me fui de aquel lugar. Tampoco donde estoy ahora es el paraíso, te tratan igual si tu cuenta se queda en números rojos. Te hablan como si fueras un idiota y te reprimen como si fuesen las profesoras de un parvulario.

Un día, hace tiempo, se me ocurrió la santa estupidez de pensar que si recuperaba mi tarjeta de crédito recuperaría mi dignidad. Menuda gilipollez. Es como comparar una mierda con un sabroso pedazo de tarta de chocolate.

martes, septiembre 09, 2008

Cuentos Checos

Antes de comentar mis andaduras por Praga (y acabar con las andaduras por La Mancha que dejé a medias) he preferido sacar a la luz los cinco cuentos que se me ocurrieron durante los dos días que permanecí trabajando en la capital checa. Cada uno de ellos cuenta una pequeña historia de esa hermosa ciudad. Quizás la más bella de Europa. Todos los cuentos han sido inspiradas en cosas que vi durante esas escasas cuarenta y ocho horas. Algunos como Don Juan en Praga o La pasión de Dvořák los llegué a escribir en la habitación del hotel, bueno eran simples esbozos pero lo suficiente para ya darles cara y ojos.

Quisiera dedicar estos cuentos a los compañeros de prensa españoles que me acompañaron en el viaje pero sobre todo a IreneVazquez de THQ que, de no ser por su agradecida invitación, estas cinco piezas jamás habrían visto la luz. También quiero dedicar el segundo cuento titulado El insignificante Václav Zajíc a la persona que me lo inspiró y que se cruzó en mi vida en el trayecto del bus donde compartimos destino durante unos instantes.



#1: Svoboda*

Una mañana todas las tiendas de marionetas de Praga amanecieron sin sus máximos representantes. Sólo quedaban colgados de la pared y del techo cientos de mástiles con su docena de cuerdas pendiendo a modo de flácidas telarañas. En cada una de las tiendas aparecía una nota. Eliška Dvůr, que tenía una tienda bajo una de las entradas del Karlův Mos (Puente de Carlos), leyó con perplejidad la suya: "Ya no seremos más vuestros esclavos…" Se podía leer con una escritura tosca, casi garabateada, muy infantil: "¡Por fin somos libres!" Concluía el mensaje que por cierto no llevaba firma.

*Libertad


#2: El insignificante Václav Zajíc
Nadie se percataba de su presencia. Entre otras cosas porque era una persona minúscula. Pero si lo mirabas bien, aunque fuese de reojo, podías encontrarle rasgos bastante interesantes. No llegaba a ser un enano, pero casi. Su cuerpo era delgado, su cabeza era algo prominente, de rasgos angulosos y poseía una gran nariz y boca; su coronilla se encontraba poblada de un fino cabello rubio que a simple vista casi parecía inexistente. Otro rasgo característico eran sus manos, de tamaño grande y muy huesudas. Parecían bastante fuertes tal y como aparentaba la firmeza con la que agarraban el asa de una cartera de piel negro de aspecto un poco ajetreado.
Se había subido en el bus al principio de parada, como hacía cada tarde después de trabajar. No se sentó. Siempre prefería permanecer de pie en la zona donde el vehículo se empalmaba en dos piezas que lo convertían en un autobús mucho más largo de lo habitual. Se trataba del bus exprés que salía del aeropuerto Ruzyne de la ciudad de Praga. Como nadie lo miraba, nadie se podía dar cuenta que Václav Zajíc, que ese era su nombre, les observaba. Aunque a simple vista pareciera que estaba mirando, medio sonriente, al infinito. Se consideraba un gran observador, el mejor del mundo. Pero eso nadie lo sabía, porque nadie le importaba un comino quien era, ni siquiera si existía o formaba parte de la nada.
Se bajó en Mustek junto a todo el mundo. No tomó el metro hacia el centro de la ciudad como la gran mayoría. Él vivía cerca, en uno de esos gigantescos edificios de la época dorada de la ocupación rusa. Un triste bloque de cemento pintado de azul y rodeado por otros edificios semejantes, que en su conjunto, ofrecían menos personalidad que un paquete de folios completamente en blanco.
Entró en el edificio. El 55-57. No había ascensor. Simplemente hacía ya varios años que había dejado de funcionar y nadie se había preocupado en arreglarlo. Después de subir catorce pisos a pié llegó a su casa. Lo primero que hizo después de dejar la cartera en el suelo fue meterse en su minúscula pero pulida cocina y preparar un té en una taza de cerámica blanca que tenía algunos bordes algo desconchados. Luego se fue al salón y encendió la televisión. Se sentó en su sofá de eskay verde y comió unas pocas galletas que aun quedaban dentro de una caja que ya había abierto tres días atrás. Estaban un poco rancias, pero aquello no le importaba. Contempló la centelleante pantalla en silencio. Durante un par de horas.
Cenó sopa. Le incluyó algo de col trinchada. De segundo comió un poco de carne de cerdo con una patata, bacón y un poco de espinacas al vapor. Todo aquello lo había comprado en el colmado de la esquina. Como hacía desde hacía veinte años cada dos días. No les puso sal. No le gustaba la sal. Bebió agua. No de una botella sino del grifo. Sólo un vaso. Luego fue a ducharse, lavarse los dientes y ponerse el pijama.
Antes de acostarse se acercó a una cómoda. Giró una llave que ya estaba insertada y abrió uno de los cajones. De su interior extrajo una especie de librito cuyas cubiertas eran de piel. Tomó un bolígrafo y se sentó frente a la mesa del comedor, que era la única parte de la casa que aun permanecía iluminada. Lo abrió por donde tenía depositado un cordel rojo y comenzó a escribir sobre una página pautada pero en blanco. Lo hizo hasta que casi el sueño le venció. Si hubiera había alguien allí con él y pudiera haber leído tan sólo un párrafo de lo que había escrito se hubiera quedado maravillado. Las más intensas historias jamás imaginadas se encontraban surcando ese especie de diario que no era tal, sino una impresionante recopilación de impresionantes cuentos. Había historias de todo tipo, maravillosas, tristes, alegres, llenas de acción, de ternura de poesía… Aquellos tesoros había surgido del interior de la mente de Václav con tanta intensidad que con su simple fuerza podría haber destruido centenares de muros tan densos como las paredes de un malecón. Los muchos de los personajes que aparecían en ellos eran los rostros anónimos que cruzaban cada día con él durante el trayecto de ida o en el de vuelta del trabajo hacia su casa. Toda esa grandiosidad surgida de la simple rutina de un cotidiano paseo en transporte público.
Václav Zajíc guardó el cuaderno en el cajón. Con mucho cuidado. Se metió en la cama, puso en marcha el despertador y se sumió en un profundo sueño. Mañana iba a ser un día más dentro de su anónima y aparentemente monótona vida.
#3: Don Juan en Praga
Encontrándose Don Juan de visita por las callejuelas de la ciudad de Praga cuando contemplando las almenas de una de sus hermosas cúpulas vio surgir de tres ventanas las siluetas de tres damas. Prendado por la sutil belleza que aparentemente desprendían se acercó raudo al edificio donde se encontraban para poder entrar en él y así poder cortejarlas.
- Pierde usted el tiempo- le comentó una voz masculina tras la puerta.
- ¿Por qué dice eso caballero? - replicó Don Juan.
- Porque esas damiselas que usted desea cortejar son hijas mías y las tengo encerradas en esos torreones que rodean la cúpula, para que nadie pueda alcanzar seducirlas.
-¿Y cuál es el motivo por el que priva usted a esas damas de conocer que es el amor?
- Porque estoy seguro que cuando las conozca no estará seguro de querer poseerlas.
-¿Qué hay de malo en ellas? - preguntó extrañado el más famoso de los amantes.
- Pues verá, Porque Bohuslava, la mayor, es muda. No ha dicho palabra desde que nació. Milenka, la segunda, es sorda y jamás ha escuchado sonido alguno. Lyudmyla, es ciega, y no ha conseguido ver nada desde que llegó a nuestro seno.
Don Juan comenzó a reír, tanto como podían soportar sus pulmones. El eco de sus carcajadas pudo escucharse en varias calles a la redonda. Ofuscado, el padre de las damiselas intentó retar al descarado caballero que le había ofendido.
- ¡Usted no sabe con quién está hablando!- replicó enfadado tras la puerta.
- Y por lo que veo usted tampoco…- contestó Don Juan desde el otro lado. – No pienso batirme en duelo con usted porque veo que es un buen hombre y sobre todo un mejor padre. Ingrato sí, pero en el fondo un ser bondadoso. A cambio de mantenerle con vida quiero hacerle una propuesta.
-¿Una propuesta? ¡Rufián! ¿Qué diablos está usted diciendo?
- Por su puesto y sin duda la mejor que jamás habrá escuchado. Pero, antes de que entre en desatada furia, escuche muy bien lo que le voy a decir pues seguro es que va usted a concederme tan apreciado ofrecimiento.
-No entiendo…
-Tranquilícese mi buen caballero. Es muy sencillo. Tan sólo le pido dejarme pasar una noche con Bohuslava y por la mañana surgirán de su boca los más bellos sonetos de amor. Permítame otra noche con Milenka y conseguiré que escuche por sus oídos el dulce trinar de los pájaros por la mañana; y le aseguro que tan sólo me hará falta una sola noche para que la bella Lyudmyla consiga ver en el mismo instante que mis labios rocen los suyos las estrellas que cubren el firmamento.

#4: MET
Cuatro días estuvo sumida Praga en el más terrible de los pánicos. Habían aparecido a lo largo de la ciudad una media de un cadáver por día. Los primeros en hallar fueron los cuerpos de una pareja de ancianos, habitantes de un ático en el Altneuschul (barrio judío), uno de ellos, el hombre, apareció en el interior de su vivienda tumbado junto a un inmenso, antiguo pero roído baúl; su mujer fue hallada tras la lápida de una tumba, justo en la entrada del cementerio judío. El segundo cuerpo encontrado fue el de una joven turista israelí que apareció tendida sobre el suelo, junto con su mochila, intacta, al pie del reloj astronómico; el tercer cadáver era el de un ejecutivo alemán que apareció flotando desnudo en una de las orillas de la isla Střelecký Ostrov junto al Mos Legii (Puente Legii). El cuarto y último se trataba de una niña rusa de nueve años que había desaparecido un día antes de la mano de su madre justo cuando compraban en el mercadillo de la calle Hevelská. La infante apareció muerta, sentada como si fuese una delicada y pálida muñeca de cerámica, sobre un banco de metal en lo alto de la Petřínská Rozhledna (Torre de Observación de Petřín). Todos los fallecidos tenían señales de haber muerto de forma violenta, concretamente en manos de alguien con una fuerza descomunal. Su cuello estaba quebrado por varias vertebras lo mismo que su esófago y tráquea. Otra particularidad era que en todos ellos había una gran cantidad de barro en el interior de sus bocas y sobre todo alrededor del cuello. Lo más inquietante era una palabra escrita en sus frentes y cuya primera letra, ligeramente visible, había sido intencionadamente borrada. La palabra original era “Emet”, que en hebreo significaba “verdad”; al borrar la letra E del principio de la palabra se había creando otra nueva “Met” cuyo significado era “Muerte”.
Después de estos terribles sucesos ya no hubo más muertes en la capital checa. En cambio corría un extraño rumor, una especie de leyenda urbana que se extendió como la pólvora en toda la república. Se decía, más que asegurarse, que el Golem (mítica figura del folclore judío - eslavo) había vuelto a ser reactivado, posiblemente por uno de los viejos que fallecieron del barrio judío. Nadie que escuchase tal fantasía negaba que era el mismo ser el que había causado todos los asesinatos. Durante varias semanas hubo cierta paranoia. Había gente que aseguraba haberlo visto en otros puntos del país. Concretamente en lugares donde había desaparecido o encontrado gente asesinada de forma misteriosa. El rumor se propagó como un contagio y también hay quien aseguró haberlo visto en Banská Bystrica (Eslovaquia), Viena (Austria), Kesckemét (Hungria) e incluso en Ankara (Turquía). Quien lo veía decía que se trataba de una figura gris, corpulenta, de pisadas pesadas y ronroneante rugido que poblaba el silencio de la noche en las callejuelas más oscuras.
#5: La pasión de Dvořák
Venía de una prestigiosa casta de artistas. Todos ellos se habían prodigado o bien en la música, la poesía, la escritura e incluso el funambulismo. Bohumír Dvořák no quería ser menos pero aun no había encontrado cuál era su don. No sabía cantar, ni tocar ningún instrumento; tampoco sabía componer ni siquiera una triste melodía. La literatura se le daba igual de mal. Mucho peor era cuando trataba pintar, o esculpir, o incluso manejar una escuadra y un cartabón para realizar un simple triángulo. No es que Bohumír fuese un imbécil. Tenía una importante carrera. Había terminado su carrera de economía y finanzas con “Cum laude” dentro de la prestigiosa Univerzita Karlova v Praze. Los cazadores de talento de la república se lo rifaban. Cada día le llovían ofertas de todas partes. Podía incluso de un chasquido elegir los mejores puestos de trabajo en cualquiera de las incipientes multinacionales que se adueñaban del país, como una especie de plaga. Pero Bohumír no le interesaba para nada todo eso. Lo había probado y pese a funcionarle a las mil maravillas aquella vida no le llenaba en absoluto. En el fondo de su ser sabía que su destino era el ser un gran artista. Pero no sabía aun en que vertiente…
Un día se propuso definitivamente encontrar su lugar en el mundo de las artes, en cualquiera de ellas que fuese. Costase lo que le costase. Así que dejó a su mujer y a sus hijos esperando en casa y se dedicó, durante un par de semanas, en buscar una profesión que se amoldase perfectamente a lo que le satisficiera. ¡Y lo encontró! Para él el mejor trabajo de toda su vida.
Alzbeta su mujer, al enterarse de la noticia lloró, pero no precisamente de alegría. Esa misma día le hizo las maletas y lo echó a gritos de su casa. Deambuló por las calles durante unas horas maleta en mano y finalmente se hospedó en un minúsculo hostal situado en la calle Palackého, muy cerca de donde se encontraba su nuevo trabajo. Pese a la situación embarazosa en la que se acababa de encontrar ya no le importaba nada ni nadie que no fuese su nueva y recién descubierta pasión. Su Jerusalén. El paraíso recién hallado. No había tristeza en su rostro, ni en el interior de su ser, todo lo contrario, Bohumír estaba pletórico de felicidad.
Trabajó incansable, cada día, durante muchos años, incluso haciendo horas extra por la noches. Amaba su trabajo tanto como a la vida misma. Se solía cambiar de ropa en la trastienda del establecimiento con aquel olor a cebolla frita, carne a la parrilla y queso parmesano envolviendo el ambiente. Se ponía su horrendo y destartalado traje y salía a la calle vestido con él. La gente siempre lo miraba tratando de aguantar la risa. Él, bajo la tela, sonreía feliz. No le importaban en absoluto las burlas de sus paisanos; ni que los turistas tratasen de hacerse siempre fotos a su lado como tratando de comérselo; ni mucho menos que los niños cuando iban a la escuela o los borrachos que deambulaban por la Václavske nám tratasen de arrancarle la horrenda capa roja pegada con velcro a su espalda. Bohumír Dvořák era sin duda el mejor super bocadillo ambulante del mundo.

© Richard Archer - 2008 (Todos los derechos reservados)

domingo, septiembre 07, 2008

Desayuno sólo hay uno (y a ti te encontramos flotando en el consomé)

Aprovechando dos cosas, la primera mi respuesta a un post que insertó Mercedes Milá en su blog Lo que me sale del bolo y segundo mi reciente viaje relámpago a Praga, he confeccionado este artículo sobre el la valioso que resulta llevar a cabo un buen desayuno. No es coña, después de vivir in situ sus beneficiosas propiedades tras dos días intensos llevando un ritmo de alimentación correcta que mejor que dedicarle un post a esta práctica matinal tan mal llevada a cabo por muchísima gente en todo el planeta.
Allá voy entonces…
Dicen que el desayuno es la comida más importante de nuestra dieta diaria. Una cosa es lo que desayunas cada día (en mi caso es lo que puedo pillar en la nevera esa mañana en concreto) otra es lo que me gustaría desayunar y que a veces consigues llevar a cabo en determinadas ocasiones y otra es la que recomiendan los expertos que es correcta, si pero si vives de tus rentas y tienes todo el tiempo del mundo para digerirla.
A mí me gusta desayunar. No lo voy a negar. Pero soy incapaz de zamparme unos huevos fritos con bacón y salchichas y purés de patata y veinte mil cosas más por la mañana... Mis mejores desayunos son los que tienen como protagonistas a las tostadas con mantequilla y el café con leche. Aunque os parezca extraño descubrí las tostadas con mantequilla en 1973 concretamente en Madrid cuando tenía seis años. Fue en un viaje que hicimos mi madre, mi hermana y yo para estar unos días con mi padre, que se encontraba por aquellos días trabajando en una auditoría en la capital. Recuerdo como si fuese ayer aquel pan de molde tostado con mantequilla que me sirvieron en la cafetería del hotel. Es uno de esos sabores que nunca se me olvidarán. De vez en cuando trato de recrearlo. Pero no es lo mismo. Aquellas tostadas eran mágicas. Sublimes. Otra cosa que aprendí fue el placer de mojar la tostada en café con leche o (sucedáneo). Toda una gozada. Personalmente me gusta el café, sobre todo con leche. El café ha de ser descafeinado ya que no me sienta nada bien la cafeína. Cuando lo tomo (no sucede muy a menudo) suelo acompañarlo con dos cucharadas de azúcar. A veces tres. Me gusta el café con leche caliente pero detesto aquello que te abrasan la lengua. A mi padre le encantaba beber el café, el té o las sopas hirviendo. Yo no puedo. Esa virtud no se encuentra en mis genes. Es más abrasarme la boca me pone muy de mala leche.
Me gusta el café con leche en un tono ni muy claro (vamos de leche manchada) ni muy acentuado (de aquellos que ni distingues el sabor a leche). Si no hay tostadas a mano recurro al croissant. Me gustan mucho los croissants. Otro placer para el paladar. Me gustan más aun que los donuts. Me gustan crujientes por fuera y blanditos por dentro, o bien blandos por fuera y también por dentro sobre todo cuando están hechos de margarina. Nunca secos. Deberían prohibir los croissants secos.
Tengo una imagen clavada en la mente de cuál es la mejor forma de comerse un croissant. Pertenece a la película Pretty Woman. En ella Julia Roberts desayuna en la suite del hotel donde se aloja junto a Richard Gere. Ella se está comiendo un croissant mientras habla. Lo hace a base de pequeños pellizcos. Los efectúa con mucha ternura, de forma improvisada, como si no fuese un tic del personaje sino de ella misma. Me fascina el momento que llega a la parte central. Lo va vaciando muy delicadamente como si aquel fuese el ultimo croissant de toda la tierra o como si no quisiera hacerle daño mientras lo despedaza.
Es curioso pero antes he comentado algo respecto a desayunar copiosamente. No he sido del todo franco con la afirmación. Resulta que cuando viajo suelo comer cosas que no como en casa. Me gustan los bufetts de los hoteles. Me gusta pillar un plato y llenarlo de bollería a la que luego unto bastante mermelada y mantequilla. Dependiendo donde y cuando me sirvo huevos con salchichas, o arenques, o revoltillo de huevo con jamón y espárragos trigueros. Si hay cereales me sirvo un buen tazón; también zumo de naranja o frutas.
Los dietistas hablan de desayunar de forma algo más copiosa de lo habitual pero moderadamente. No lo niego. Pero normalmente por las mañanas no hay tiempo para eso. Ni mucho menos para sentarse en la mesa toda la familia y comer primero, segundo y tercer plato, incluyendo además entrante y postre mientras el padre lee el periódico y la madre hace tortitas y café como una loca. Eso es irreal. De cuento de hadas. No os podéis imaginar la de risas que me echaba yo cuando haciendo zapping veía aquella horrenda y poco convincente serie protagonizada por Milikito (quiero decir Emilio Aragón) en la que ejercía de médico (por cierto mas bueno que Charles Ingalls patriarca de la Casa de la Pradera) y en donde vivía con una familia surgida de un espanto digno de la mente de Edgar Allan Poe. En la serie todos desayunaban juntos alrededor de la mesa de la cocina, cada mañana, cada día, los 365 días del año. Pero claro, eso sucedía porque la mitad de las marcas que aparecían en primer plano pagaban pasta gansa en publicidad sino no ya te iba a contar yo…
Desayunar. Imprescindible para funcionar perfectamente el resto del día. No lo niego. Pero insisto el desayuno perfecto, el de tomárselo con calma es sólo es posible si eres multimillonario o te encuentras hospedado en un lujoso hotel.

jueves, septiembre 04, 2008

El Sótano del Terror Vol 7

Después de lo sucedido estas ultimas 48 horas he querido hacer un pequeño descanso invitándoos a una nueva entrega de los cuentos de terror del sótano. He de comentar que he disfrutado mucho escribiéndolos. Los hice este verano nada más llegar de vacaciones de La Mancha (por cierto terminaré de narrar el viaje y para colmo el que estoy a punto de hacer hacia Praga con motivo de trabajo). No sé si me motivó o no el ambientillo manchego pero he de decir que vine bastante inspirado.

Ahora os cuento el cómo, cuándo y el por qué de los mismos...

A partir de aquí abstenerse de leer este párrafo hasta no haber leído los cuentos. Alla vamos. En el primer relato titulado En la carretera lo que se cuenta tiene algo de autobiográfico. En varias ocasiones he visto lo que los protagonistas ven con sus propios (y aterrados) ojos. El fragmento final de la carrera es un chiste de mal gusto que se nos ocurrió una vez a los ocupantes de un coche tras ver a uno de estos extraños seres detenido en uno de los arcenes de una solitaria carretera. El segundo relato Me ha dicho que nos haría un gran regalo es un pequeño homenaje que le quiero hacer a los episodios clásicos de Twilight Zone. La curiosidad infantil, su afán por saltarse las reglas y el egoísmo han sido para mi un gran pozo de inspiración. En el ultimo relato llamado Hasta la última gota (uno de mis preferidos) he vuelto al clasico horror de la Hammer y al poderoso mundo de los seres de la noche. También, en cierto momento de la narración, hago un muy diminuto guiño a Poe o incluso a Stephen Kingcon el uso del Doppelgänger, un tema que siempre me ha fascinado.

Espero que os gusten.

Quisiera dedicarselos a todas las incansables redactoras de "Lo que me sale del Bolo"



En la carretera

Audrey se despertó, no fue por un frenazo o por nada inusual. Había sido de forma natural. La oscuridad reinaba por doquier. Miró el reloj del salpicadero. Había estado durmiendo por lo menos dos horas. Johnny conducía a su lado, con la mirada fija en la carretera. Parecía algo preocupado. El coche apestaba a tabaco, en realidad estaba lleno de humo y el cenicero era un auténtico cementerio de colillas humeantes o aplastadas. En el coche sonaba música. Tenue. Era un tema de los Dixies Midnight Runners que ella detestaba sobremanera pero que a Johnny le gustaba con locura.

-¡Qué peste a tabaco! ¿Por qué no abres la ventanilla? – le preguntó molesta mientras se ponía recta en la butaca del acompañante y alargaba la mano hacia el elevalunas de su puerta.

-Ni se te ocurra abrir la ventana- le advirtió él con cierta severidad pero con una lentitud pasmosa. No había molestia en sus palabras, es más estas sonaban como atonales semejantes a las de un robot de una de esas películas antiguas de ciencia ficción.

-¿Y por qué no iba a abrir la ventana?

- Por eso… - Le comentó él señalando con un dedo hacia el exterior.

Afuera, en la oscuridad de la campiña, había cientos de siluetas. Todas oscuras, más negras que la noche. Algunas se movían, otras estaban de pie al borde de la carretera o sentadas, solitarias sobre los montículos que adornaban el paisaje; todos parecían como extraños espectadores de un Rally. Un Rally fantasmal. Había figuras de todos los tamaños y formas. A Audrey le parecieron como personas pero carecían de rasgos, o por lo menos eso asemejaba a simple vista. La oscuridad no dejaba a ver mucho más.

- Si abres la ventana podrás oírles gemir, reír o cuchichear entre ellos.– Contestó Johnny. Esta vez su voz sonaba trémula. - Eso es mucho peor que verlos. Te lo juro Addy, es algo muy desagradable… muy, muy desagradable. – Repitió. Hubo una leve pausa luego añadió: - ¿Sabes? Hace un rato pude ver a uno de ellos persiguiéndonos. Lo vi a través del retrovisor. Le vi incluso los pies, o lo que fuese eso que arrastraba. Corría como a cámara lenta pero a la misma velocidad que el coche. Muy extraño ¿No? Al final tuve que acelerar porque casi nos alcanza. Juraría que tenía rostro, pero no estoy seguro. – Entonces la miró a ella con los ojos desencajados y dijo: - Juraría que me estaba sonriendo…

- ¡Joder Johnny! ¿Y quién demonios son?

- No lo sé. Son muchos. Llevan acompañándonos desde hace hora y media.

Me ha dicho que nos hará un gran regalo…

-¡David! ¡David! Quiero que veas algo. ¡Es una pasada!

El pequeño David miró a su hermano desde el suelo del parque. No le gustaba que lo molestase cuando estaba construyendo una carretera para su circuito de coches Hot Wheels que lucían todos ellos aparcados en el suelo, bien alineados, como esperando impasibles a que comenzase la carrera.

- Sea lo que sea no me interesa. - Sentenció a su hermano pequeño.

-Va venga, si te va a gustar. A mí me ha impresionado. Además tiene muchas ganas de conocerte…

Aquellas últimas palabras le llamaron mucho la atención. David sabía de antemano que ni él ni Daniel, su hermano, tenían que hablar nunca con extraños. Su madre se lo había dejado muy claro y por lo que parecía el estúpido de Daniel se había saltado la norma olímpicamente. Si éste había entablado conversación con algún desconocido seguro que esa noche se las iba a cargar por todo lo grande. Pero la curiosidad y sobre todo el ego era mucho más poderoso que las duras advertencias de su madre. Ella no le gustaba que perdiese el tiempo fabricando carreteras para sus coches ni inventando autopistas con los libros de la casa.0

- ¿Quién quiere conocerme?

- El duende, el duende del puente. Me ha dicho que te ha estado mirando mucho rato y que eres un niño muy habilidoso y que seguro que podrías ayudarle.

- ¿Ayudarle? ¿En qué?

- No sé, dice que no puede abrir la puerta que conduce a su madriguera.

-¡Anda ya! ¡Me estas tomando el pelo! Los duendes no existen. Oye, ¿No te habrá ofrecido caramelos… o juguetes?

- Aun no. – Contestó rápidamente Daniel. - Me ha dicho que si le ayudas nos podrá dar a cada uno el regalo que deseemos. – Los ojos del Daniel estaban llenos de luces. Estaba entre excitado e ilusionado.

- ¿El qué deseemos?

Su hermano asintió. De repente se imaginó con la mayor colección de coches de Hot Wheels que jamás pudiera imaginar, hasta habría coches que aun no se habrían inventado. Los otros niños seguro que se morirían de envidia. Aunque… también estaría bien pedirle al duende una mini excavadora para que le ayudase a hacer más rápido las carreteras… o igual una grúa con volquete para hacer puentes… o… No, no podía. Su madre no se lo permitiría, enseguida que lo viese en casa aparecer con tantos juguetes se preguntaría quién demonios se los había regalado. Además se llevaría una buena reprimenda por no haberle obedecido y haber hablado con extraños, aunque se tratase de un duende en apuros y haber sido buen chico por haberle ayudado.

- No, no pienso ayudarle. Que se las apañe él sólo.

-¡Pero David!

- ¡Déjame en paz!

- ¡Eres un rajado! Sabía que no me ibas a ayudar. Bueno tu mismo. Pero luego no llores si me ves llegar con un montón de juguetes.

Aquello fue la gota que colmó el vaso. David se levantó y le dijo a su hermano que se quedase allí, vigilando sus coches. Daniel no vaciló. Se sentó en el suelo y comenzó a construir una nueva carretera sobre la que había construido su hermano.

- ¡Oye! ¡No se te ocurra tocar nada hasta que yo vuelva! Sólo limítate a vigilar que nadie se lleve ni uno de los coches de mi colección. ¿Entendido?

- Pero…

David miró a su hermano pequeño de forma amenazante. Esté bajó la mirada y dejó de construir más carretera.

- De acuerdo.

- Y ¿Dónde has dicho que se encuentra el duende?

-Allí bajo en el puente del estanque artificial. – Apuntó Daniel mientras le señalaba el lugar a su hermano con un leve gesto con la cabeza.

Nada más comenzar a caminar David ya se había arrepentido de hacerle caso a ese renacuajo. Pero la idea de conocer a un duende y que éste le regalase una bonita (y completa) colección de coches Hot Wheels era mucho más poderosa que el hecho de dejar de lado su momento de ocio. Además no todos los días se podía ayudar a abrir una puerta a un ser aparentemente imaginario. En esos instantes le pasó por su cabeza que tal vez se trataba de una broma, o de un vagabundo que quería raptarlo. Esa última idea la descartó. ¿Para qué iba a llevárseme a mi si mejor podía haberse llevado al imbécil de mi hermano?...

Se acercó al puente. No había nadie. Ni otros niños, ni adultos, ni el supuesto duende. Sólo estaba él y el molesto sol de verano. De repente escuchó un ruido, como un gorgoreo pero con eco. Surgía detrás debajo del puente. David supuso que era el duende que le estaba esperando.

-¿Hola?

Otra vez el sonido. Esta vez sonaba lastimero. David se acercó, lentamente. Tenía miedo. Menos mal que su hermano no se encontraba allí sino habría tenido que haberlo reconocido. Echó un vistazo donde se encontraba su hermano. Daniel se encontraba de espaldas a él. No podía ver bien lo que hacía pero más le valía que no estuviese destruyendo su carretera, sino se las iba a cargar. Se sentía como un tonto. Sólo faltaba que aquello fuese una broma estúpida de su hermano o de una patraña para poder jugar un rato con sus Hot Wheels.

Apoyó la mano sobre la baranda de piedra.

- ¿Señor duende está usted ahí?- David se aproximó a la parte baja del puente. Pese al miedo ahora sentía curiosidad por ver quién o qué había producido esos extraños ruidos.

-¿Hola?

El tintineo de unos cascabeles le hizo respingar. Había alguien allí debajo. Sin duda alguna. Asomó la cabeza por el debajo del arco del puente, lentamente. De repente sus ojos se abrieron como platos. Frente a él, junto a la boca de una especie de alcantarillado, sobre la pared anterior del puente, se encontraba un personaje insólito. Parecía un duende semejante al de los cuentos que le contaba su madre antes de irse a la cama. Era la mitad de pequeño en tamaño que su hermano. Vestía un traje como de bufón de terciopelo verde y rojo de estilo medieval. Sobre su cabeza había un gorro acabado en cuatro puntas. De cada una de ellas colgaba un cascabel. También tenía cascabeles en las botas y en las mangas de su chaqueta. El ser no se asustó al ver a David. Todo lo contrario. Le estaba esperando tal y como le había indicado su hermano. El ser hizo un ademán a forma de saludo, como haciéndole la reverencia. Luego le sonrió. Era bastante feúcho, de rasgos afilados, poseía orejas de punta, una larga y gruesa nariz donde asomaban unos densos pelos negros de ambos agujeros. Su boca era ancha de labios grotescos. Sus ojos eran dos finas grietas. Sobre ellos dos tupidas cejas negras. Se acercó a David como preocupado. A base de gestos le indicó que no podía abrir lo que él suponía la entrada de su madriguera. David miró donde le señalaba. Había una puerta vieja, enrejada que le impedía acceder a su interior. Se acercó a ella, se acuclilló y tiró fuertemente. La puerta no cedió. Era extraño no había candado ni cerradura alguna. Lo volvió a intentar. Mientras lo hacía escuchaba al duende respirar dificultosamente a su derecha. Estaba muy nervioso.

-Está oxidada.- Le comentó. El duende no le dijo nada. Sólo le miraba el orificio con mucha ansia. -Déjame que intente hacer fuerza con la piernas.

David se sentó en el suelo. Colocó las piernas sobre la pared y agarró de nuevo las rejas de la puerta. Tiró con fuerzas. Con todas sus fuerzas. Al final la puerta emitió un sonido estridente y se abrió. David soltó la puerta y dio una voltereta sobre sí mismo. La punta de su pelo se remojó con el agua del río artificial. Se quedó durante un par de segundos sentado con sus manos agarrando a la nada. Luego comenzó a reír. El duende lo miró. No sonreía. Es más lo ignoraba y ya había entrando en su madriguera.

-¡Eh tu!- exclamó David poniéndose de pie. – ¡Me prometiste un regalo!

El duende desapareció.

David enfurecido se levantó al principio pensó en cerrar la puerta y dejar al duende dentro para siempre. Se merecía que lo encerrasen de por vida, o hasta que encontrase a otro incauto como él que le ayudase a cambio de nada. Pero era tal su rabia que no se lo pensó más y se adentró corriendo agazapado en la madriguera.

Las paredes eran de piedra durante los primeros diez metros, luego la oscuridad se apoderó de todo y de repente se convirtieron en piedra y tierra. Vio varias raíces asomarse por el techo. Alguna se le enganchó en la cabeza y cuello haciéndole daño. Había algo de luz pero cada vez ésta ida disminuyendo en intensidad. David no tenía miedo a la oscuridad y menos a un duende tan pequeño y escuchimizado como aquel. “Si no cumple con su palabra le voy a dar su merecido...y a Daniel también.” Añadió en sus pensamientos. Mientras caminaba podía oír el sonido de los cascabeles a pocos metros de él.”Si, en cuanto pille a ese ladrón se va a enterar muy bien de quién soy yo...

Avanzó un par de metros y de súbito perdió el equilibrio. Se precipitó dolorosamente por lo que supuso era una rampa. Se golpeó la cabeza contra algo duro que había en el suelo. Le dolía la cabeza, las rodillas y el brazo derecho. Además varias lágrimas habían comenzado a brotar de sus parpados. El miedo y el dolor habían venido cogidos de la mano para hacerle una visita. Con las manos palpó el terreno. Sus dedos se toparon con algo alargado, en forma de bastón. Estaba sucio y pegajoso. No veía nada. Solo notaba que el suelo estaba como húmedo y olía mal. Alargó la mano hasta palpar algo diferente. Era como una piedra pero tenía varios agujeros. Había más piedras como esa por todos lados. David la tomó entre sus manos y la acarició para ver de qué se trataba. De repente soltó un chillido. No hacía falta darse cuenta darse cuenta que tenia agarrado un cráneo humano, y por su tamaño aquello debería ser el de un niño. De repente la sala comenzó a iluminarse. El duende apareció en lo alto de la rampa. Blandía una cuerda y un puñal. No estaba sólo. Había una docena de duendes más con él. Algunos de ellos portaban antorchas. Se abalanzaron sobre David que no para de chillar aterrado. Dos de ellos le atraparon. Le golpearon en la cabeza con un garrote. Lo arrastraron por las piernas hasta el fondo opuesto de la gruta donde se encontraban. David estaba medio aturdido pero aun chillaba. Desde la perspectiva del suelo vio que la sala estaba llena de esqueletos. Aquello era un almacén de esqueletos, o una despensa, o un templo ya que había incluso huesos incrustados sobre la tierra adornando las paredes y techo. Los duendes comenzaron a alzarlo, boca abajo. El duende que le pidió ayuda se acercó y de un solo tajo le cortó el gaznate como si fuese un cerdo el día de la matanza, luego, mientras se desangraba le quitaron las ropas y lo fueron despellejando lentamente sobre un barreño que se iba llenando de sangre y jirones de piel.

Daniel se dirigió lentamente al puente. Tenía muchas ganas de recibir su regalo. Cuando llegó el duende ya le estaba esperando. Le sonreía, maliciosamente. Daniel le correspondió. El duende asintió y de un simple gesto chascó dos dedos . De repente todo se hizo borroso alrededor de Daniel. Incluso hubo de apoyarse en la pared porque se mareó. Tardó un poco en recuperar el equilibrio pero enseguida tuvo la impresión de el duende había cumplido con su palabra y ya le había entregado su regalo.

-¡Daniel! ¡Daniel! ¿Dónde te has metido? – escuchó a su espalda.

Era la voz de su madre. Daniel comenzó a correr hacia donde estaban los cochecitos de Hot Wheels. Su madre le esperaba impaciente.

-¿Dónde estabas? Cuantas veces te tengo dicho que no te alejes por tu cuenta. Además has dejado tus coches solos y cualquier niño te los podría robar.

- Lo siento mami.

-Más lo sentiría yo si te perdiese… Por cierto bonita carretera has construido hoy. Un día de estos serás un gran ingeniero.

- Gracias mami.

-Anda, recoge tus juguetes. Es hora de irse a casa.

Recogió todos los Hot Wheels y los metió en la caja de madera donde se encontraba inscrito sus nombre.

Antes de partir echó una mirada al puente. Por un momento le pareció ver de nuevo al duende hablar con otro niño que se había acercado a curiosear. Daniel sonrió y corrió hacia su madre. Le tomó la mano. Había jugado mucho aquella tarde y comenzaba a tener mucha hambre.

Hasta la última gota

-¿Cómo me ha dicho que se llama?

-Catriona, señora. Catriona Dunn.

-Muy bien Catriona. Veo que ya no me hace falta otras buena referencias para que consigas este puesto. – Contestó la dama mirando los voluptuosos pechos de aquella mujer robusta y regordeta.

-Gracias, señora.- Contestó ella ruborizándose un poco. – He amamantado a varias docenas de niños, a parte de los propios. Mi madre también era muy productiva. Podía dar de mamar hasta bien pasados los cincuenta. – acabó la frase con una sonrisa y una caída de ojos. Se sentía un poco avergonzada por lo que acababa de decir.

-Curioso…- apuntó la mujer.- Hay quien goza de suerte y quien no… como yo. Veras Catriona, estoy seca. No doy ni una gota de leche. Mis pechos se niegan a producir. Ni un mísero calostro. Parece ser que el señor no se acordó de mí el día que fabricó mis senos. Soy árida como un desierto.

Catriona volvió a ruborizarse, le resultaba curioso (y a la vez chocante), que una, Duquesa para ser más concretos tan fina y tan educada como aquella le hablase con tanta libertad de sus mamas. Pero ya lo decía muchas veces su madre: “Cuando uno tiene clase puede permitirse el lujo de descender con dignidad a donde se encuentra el populacho.” Y sí, sin duda alguna aquella mujer tenía mucha clase.

- ¿Está usted dando ahora de mamar a alguna otras criaturas?- Preguntó la duquesa con cierto interés.

- No señora. Bueno, hasta hace muy poco… - Su semblante se puso triste. – ..a mi hijo pero murió hace un par de semanas… tras una noche de fría helada.

- Vaya, lo siento mucho.

-Gracias señora. Ha sido un duro golpe pero en casa ya lo vamos superando…

La duquesa se levantó de su butaca y se acercó hacia ella. Caminó todos los pasos que las separaban con las manos cruzadas, reposadas delicadamente sobre su zona pélvica. Sus chorreras de encaje le daban aun más aire de distinción. Catriona pudo admirar mejor el vestido que portaba. La falta de luz de ambiente no le había permitido admirarlo en todo su esplendor. Era una pieza muy elaborada, de varias capas que lo hacían parecer muy ancho. Era un ropaje sencillo para la distinción de aquella mujer pero solemne, todo él era de un intenso color escarlata adornado con puntillas en hilo blanco. Parecía algo pesado pero tal y como lo portaba aquella hermosa mujer lo hacía parecer muy volátil.

-Me agradas Catriona. Mucho. – Sentenció la mujer con una tenue sonrisa mientras le apoyaba una mano en uno de sus hombros. – Desearía mucho que me ayudases a criar a mi hijo. El pobre no acepta mis pechos, ni siquiera la leche de biberón. Supongo que el contacto de la tetina de cristal no le debe motivar o igual le repugna. Estoy muy preocupada Catriona. El pobre se está quedando en los huesos y temo que en cualquier otro momento se vaya a morir. Además llora mucho porque tiene tanta hambre…

- No se preocupe señora. Conseguiré sacarlo adelante. Confíe en mi.

- Gracias Catriona pongo toda mi fe en ti.

La duquesa dio un par de palmadas y la gran puerta del salón se abrió de repente. Apareció tras ella un hombre muy mayor con aspecto de mayordomo o lacayo. También vestía de forma elegante, todo él muy lustroso.

-Angus, Catriona se queda con nosotros. Haz el favor de llevar el equipaje a sus aposentos, creo que se encontrará muy cómoda en la habitación azul, la situada en el ala oeste. Asegúrate de ello y también de que descanse y cene bien antes de darle el pecho al pequeño Alastair. ¡Ah! y paga al cochero que la ha traído hasta aquí. Dile que ya no necesitamos sus servicios.

Angus asintió y tomó en una de sus huesudas manos la voluminosa bolsa de tela algo raída que había traído Catriona.

- Bien querida, sube tras él y ponte cómoda, aséate y luego cena todo lo que quieras. Dentro de un par de horas podrás ver a mi pequeño y tratar de darle de comer.

-Gracias señora. No se arrepentirá. – contestó entusiasmada. - No se arrepentirá en absoluto de haberme escogido como ama de cría.

-Estoy completamente segura de que no me arrepentiré. – Contestó con firmeza la mujer. De nuevo su boca perfiló una media sonrisa fría y extraña.

Nada más cerrarse la puerta de su habitación Catriona se sentó sobre la cama. Era mullida y confortable y apetecía mucho echarse un buen rato sobre ella. Pero tenía cosas que hacer y un de ellas era deshacer su equipaje. Abrió la bolsa y buscó con cierta ansia en su interior. Tardó un poco pero cuando lo hizo extrajo una pequeña caja de madera. Catriona la abrió y de repente sus ojos se llenaron de lágrimas. Dentro de la caja había una especie de retrato, burdo pintado con colores toscos, opacos. Era la imagen de un recién nacido de cara risueña. Catriona se lo llevó rápidamente al pecho y comenzó a sollozar con fuerza. Así se pasó cinco largos minutos hasta que ya no consiguió extraer más lágrimas de sus ojos. Entonces se puso en pie, besó con amor la imagen y la colocó sobre la mesita de noche junto a la cama. Retiró el equipaje y lo guardó sobre una bella cómoda de madera tallada situada junto a una puerta. Allí guardó todas sus cosas. La habitación que le habían asignado era más grande que la casa en donde vivía con su Dougal y sus hijos. Se acercó hacia uno de los ventanales que daban al exterior. La noche lo cubría todo y las estrellas pintaban como pequeñas luces amarillas sobre el cielo. También habían luces abajo y a lo lejos, “Las de Dufftown o de algún pueblo cercano…” Imaginó. Mientras el opaco paisaje se confundía con su propio reflejo a través de los cristales de la ventana trató de recrear como serían las vistas por la mañana. “Sí, tendrían que ser impresionantes.” Se dijo. Pese a la altitud de los techos no hacía nada de frío en aquella estancia. La habitación disponía de su propia chimenea y además estaba bien amueblada, más de lo que ella podía imaginar. Tenía hasta su propia butaca y una alfombra de lana de varias pulgadas de grosor. Y no sólo eso. ¡Acababa de descubrir un cuarto de baño para ella sola! Se acercó a la bañera. Colocó el tapón de corcho en el desagüe y comenzó a llenarla de agua, templada al principio para luego pasar a caliente. Pese a la terrible pena que ella sentía aun tuvo un instante de sentirse emocionada ante semejante lujo. No se lo pensó dos veces. Se desnudó y metió un pié en el agua, luego el otro y luego sumergió su cuerpo de cintura para abajo. Arrojó agua a su rostro, espalda y pecho. Tomó una pastilla de jabón y comenzó a frotarla sobre su cuerpo. Tuvo especial cuidado de aplicarse mucha espuma en los pezones. No quería que el pequeño Alastair notase sabor a jabón en su boca. Se soltó el cabello y un cabellera rojiza se desplegó por su espalda a modo de extraña cascada. Se mojó la cabeza y se relajó apoyando la nuca sobre la base de la bañera y cerrando los ojos durante unos instantes. Mientras, de su boca comenzó a sonar una dulce canción parecida a una nana. Mientras lo hacía volvió a llorar.

Cuando bajó al salón contiguo a la cocina no pudo creerse lo que veía. Los responsables de los fogones, que no estaban a la vista habían preparado todo tipo de manjares. Había Roast Beef, Budín de calabaza, puré de castañas, gelatinas de todos los colores y formas, incluso una que tenía guisantes y verduras flotando pero estáticas en su interior y todo tipo de panes recién cocidos; también había un pavo gigantesco relleno de pasas y otras frutas y una docena de salsas todas vertidas en delicadas terrinas. Al lado de la mesa había una bandeja con ruedas con todo tipo de dulces y pasteles.

-¿Eso es todo para mí?

-Si señora. – Contestó Angus sin mostrar ni una mínima expresión.- Es el deseo de la Duquesa que usted esté bien alimentada.

Catriona casi tuvo que contener de nuevo las lagrimas. No es que ella y su parientes hubiesen pasado mucha hambre en la vida. Su propio sobrepeso así lo confirmaba. Su padre tenía una granja en el norte y nunca habían faltado buenos alimentos sobre la mesa, ni para ella ni para sus doce hermanos. A parte, su madre era muy buena cocinera, hacía los mejores huevos escoceses de todo el país y no digamos de su famoso pastel de ruibarbo... Pero por supuesto nunca había visto nada tan bien presentado o tan bien elaborado como todos aquellos manjares. Por un momento dejó de lado la gula y volvió a acordarse a su familia, concretamente a su Dougal y sus siete… seis hijos. La tristeza volvió a invadirla pero solo por un instante. Enseguida se preguntó qué cara habrían puesto todos ellos al ver semejante banquete.

Catriona se sentó en una cómoda butaca y comió, hasta hartase. Estaba todo tan delicioso que pensó en comentarle a Angus si podía guardarle todo aquello para hacérselo llegar a los suyos. Pero Angus no volvió a aparecer más.

El reloj de la cocina hizo sonar sus campanadas anunciando que ya eran más de las once de la noche. De repente sonó la campanilla, justo encima de su cabeza. Catriona se levantó sin saber muy bien qué hacer. Se dirigió a la cocina en busca de ayuda. Cuando entró en la sala de los fogones se encontró con una doncella. Era muy delgada de tez pálida y ojos acuosos. Catriona le sonrió. La muchacha no le correspondió.

-La duquesa le está esperando en el salón. Si quiere acompañarme…

-¡Oh¡ Si, gracias.

Catriona y la joven lacónica subieron las escaleras de servicio. Ninguna de las dos decía nada. Caminaron por un pasillo largo que venía de la cocina y conducía a las otras estancias principales de la casa. Todo estaba decorado con tonos bermellones. Varios cuadros y lámparas de gas se apoyaban de sus paredes.

- Aquí es. – Le anunció la joven señalándole una puerta.

- Gracias. Es usted muy amable – Contestó Catriona. Pero no recibió respuesta alguna.

Golpeó suavemente con el puño la puerta de madera. Escuchó un “Adelante” y entró en su interior.

La sala donde se encontraba la duquesa era más pequeña que donde la había recibido. No por ello era menos ostentosa. Grandes cortinajes de terciopelo y seda. Cuadros con retratos de posibles antepasados y alguno de motivos de caza. Un par de escudos sobre la chimenea de piedra. Una cabeza de ciervo con los ojos como alucinados y unos poderosa cornamenta que proyectaba sobre el techo una sobra medio espectral. A la altura del suelo había una alfombra de oso unas butacas orejeras y un par de mesitas. Lo demás eran varias estanterías repletas de libros perfectamente ordenados y varias figuras de cerámica delicada. La duquesa no estaba sola. Junto a ella se encontraba un elegante hombre de aspecto alargado, delgado como un palo. Su cara estaba adornada de un enorme y elaborado mostacho, oscuro como un tizón. Más arriba, sobre su ojo derecho, reposaba un monóculo.

-Catriona, te presento a mi esposo, el Duque de Lismore.

-Encantada señor.

El duque le respondió con un simple gesto, moviendo levemente la cabeza.

- Dejémonos de cortesías. Ya es hora de que al pequeño Alastair le des su primera toma.

La duquesa le ofreció asiento, junto a la chimenea. Ella obedeció. Entonces dio dos palmadas y la puerta principal de la sala se abrió. De ella apareció una mujer muy anciana, vestida toda de negro y de cabellos recogidos con un moño y una tez blanca como la leche. Portaba un pequeño bulto envuelto en delicadas telas entre sus manos. La mujer se lo entregó a la duquesa y ésta se acercó a Catriona.

-Aquí tienes al pequeño Alastair, heredero de la casa Rusbridge.

Catriona destapó la tela del rostro del pequeño. Sobre sus brazos se encontraba el bebe más hermoso que jamás había visto, incluso tan hermoso como su pequeño Finlay, su pequeño ángel que había fallecido hacia solo un par de semanas atrás mientras dormía en su cuna. El pequeño la miró con unos ojos negros e intensos como el azabache. Se veía enfermo, con mucha hambre, su rostro era tan pálido como la anciana que lo había portado, más incluso que la joven doncella que la había acompañado a aquella sala. El rostro de aquel niño era muy perfilado, se le notaban los huesos de los pómulos y su piel era como áspera y carente de vida. Catriona sintió pena por él. Mucha. En el fondo le recordaba tanto a su pequeño Finlay…

-Acércatelo a ver si hay suerte y puede tomar algo. – Le invitó la duquesa.

Obedeció de nuevo. Se desabrochó la camisola que llevaba puesta y extrajo de su interior un descomunal y pecoso pecho. Limpió el pezón y lo arrimó con cuidado a la boca del niño. Este lo rechazó. Catriona insistió y volvió a rechazarlo, es más se puso a llorar. Los Duquesas la miraron con cierta preocupación. Aquello no la amedrentó en absoluto. Tenía demasiada experiencia con bebes difíciles. Insistió una tercera vez y tras dos amagos de rechazo Alastair se agarró al pezón con gran voracidad. Entonces todos en la sala sonrieron.

- ¿Lo ve señora? No hay que preocuparse. – Comentó Catriona con una gran sonrisa. – Todo está arreglado.

-Ni que lo digas querida.- Respondió la mujer sonriendo de nuevo con media boca. Se acercó a su hijo y acariciándolo en la cabeza le dijo: - Ahora sáciate mi bello Alastair. Bebe, aliméntate no dejes ni una sola gota. Lo necesitas.

Entonces Catriona notó una pequeña punzada en la aureola del pezón. Fue peor que la picadura de un tábano o la mordedura de un ratón. Su vista se nubló por un instante, parpadeó y comenzó a marearse. Bajó la mirada y contempló al pequeño. De repente le pareció como los ojos oscuros del bebé se habían vuelto de un intenso amarillo. Fue un lapsus de un segundo pero el suficiente como para que se sintiese aterrada. Como acto reflejo trató de desprender al pequeño de su pecho pero le fue imposible. Es más hacerlo le producía muchísimo dolor.

- No, no, no, no, no… – Musitó la duquesa. - Aun no ha comenzado. Debemos ser complacientes ¿No crees?. El pobre está muy hambriento.

El mareo se convirtió en vértigo y luego en debilidad. Catriona se recostó un instante sobre la butaca, curiosamente sin soltar en ningún momento al pequeño. Por un momento se auto convenció que se sentía muy mal por haber comido algo en mal estado…

- Señora… yo… no…

- ¡Shhhh! Tranquila lo estás haciendo muy bien. – Le animó la duquesa pasándole su fría mano por la frente.

Catriona miró de nuevo al pequeño. Su mente de nuevo le jugaba malas pasadas. A veces tenía entre sus brazos al pequeño Alastair, segundos más tarde era el pequeño Finlay quien estaba amamantándose otras veces era una especie de criatura demoníaca con dos incisivos alargados clavados sobre su carne, unas manos de dedos ganchudos y uñas afiladas que amasaban y apretaban su pecho con una desagradable lascivia. Y ese ruido que hacía… Trató de levantarse de nuevo pero ya no podía. Esta vez las piernas le fallaban. Lo que sí pudo fue llorar. Llorar sobre todo de miedo y tristeza y con el presentimiento constante de que ya no iba a poder ver más a su marido ni a ninguno de sus hijos. La duquesa se acercó a ella y de un tirón le sacó a su hijo del pecho. El dolor que sintió Catriona fue tremendo y casi perdió el conocimiento. Sintió algo cálido y acuoso que se escapaba por debajo de su falda descendiendo por sus piernas y depositándose en el suelo. Se estaba orinando encima. Sintió mucha vergüenza. La duquesa acercó al neonato al otro pecho. Ya se había saciado suficiente de uno y lo había dejado vacio, tan seco como un trozo de piel rugosa y muerta. De nuevo el dolor. Los llantos de la pobre Catriona hicieron presencia en toda la sala. Alastair comenzó a succionar. Docenas de burbujas de sangre y leche se asomaban por la comisura de sus labios. Poco a poco había recobrando su aspecto saludable todo lo contrario a su ama de cría que iba perdiendo color, salud y tersura. Su piel se iba arrugando, su cuerpo se estaba deshinchando por momentos creando una especie de extraña y grotesca muñeca de carne seca.

-Fin…lay… - gimoteó Catriona. – Doooou… gaal.. a…yuda..me. - Su voz era como un estertor ronco como el que hacía el desagüe cuando se colapsaba de agua sucia. Aun había lagrimas en sus ojos.

-Tranquila – alentó la duquesa a aquella especie de guiñapo que sostenía a su retoño. – Pronto habrá terminado todo.

Y así fue. Una vez saciado, el pequeño Alastair se desprendió del pecho y se quedó reposando sobre el regazo de aquella especie de grotesca momia que antes había sido la pobre Catriona. La duquesa dio un par de palmadas y de nuevo apareció la mujer vestida de negro que tomó al niño en brazos y lo hizo desaparecer tras el marco de la puerta.

- Ahora sólo queda por hacer una cosa.

La duquesa esperó, paciente, detrás de la butaca y mirando el cuerpo momificado del ama de cría casi como por encima del hombro. No hizo falta mucho tiempo de espera. De repente Catriona abrió los ojos, amarillos e intensos como los de una pantera, su boca se estiró en un rictus ofreciendo una horrible mueca y mostrando unos incisivos puntiagudos, afilados como dos cuchillas. De su garganta se escuchó una especie de chillido animal desgarrador. Aquel ser trató de ponerse en pie de forma violenta.

-Lo siento querida no hay suficiente sitio para todos.- Anunció la duquesa. Alzó una espada y de un rápido movimiento le corto de un tajo la cabeza. Esta rodó por el suelo hasta chocar contra la pared de piedra. El chillido se trasformó en aullido y luego en vahído; por último la nada.

El duque se acercó a ella. Le mostró su brazo y la duquesa colocó su mano por debajo. Ambos se dirigieron hacia la puerta. La cena esperaba en algún lugar de Escocia. Había que dar las condolencias a un pobre marido y seis niños que acababan de perder en muy poco tiempo a otro ser querido y en extraordinarias circunstancias.