domingo, marzo 23, 2008

God Bless America Episode 3: ¡Bienvenidos a la tierra de la libertad!

Si se asoman por la derecha podrán ver ustedes el polo norte.

Nunca había estado en los Estados Unidos y nunca había volado en un 747. Pero aquella no era la primera vez que realizaba un vuelo transoceánico. Hace muchos año ya atravesé el Atlántico en dirección a Cuba. Pero esa es otra historia…
Jamás entenderé que, para llegar a Los Ángeles, el avión que tomamos de Londres tuviera que cruzar uno de los bordes de Groenlandia (Polo Norte para los amigos). No es que me molestase, todo lo contrario. La vista de tantos kilómetros de nieve bajo nosotros era aturdidora y espectáculos como ese se suelen ven en muy pocas ocasiones. Mira por donde logré de una tajada tachar un objetivo dentro de mi lista de los deseos ahorrándome de visitar (tampoco tenía intención de ello y menos pasar unos días encerrado dentro de una estación polar) la coronilla del mundo. Supuse que esa ruta era debida al tema de los vientos. No soy un erudito en el tema y ahora no me voy a ponerme a investigar. Viajar en aviones grandes tiene su ventaja. Una de ella es que cada persona tiene una pantalla de LCD incrustada en el asiento delantero que te proporciona horas y horas de diversión. Es inaguantable tener que viajar 11 horas en un avión viendo pasar el culo del resto de pasajeros y personal de vuelo en sus constantes viajes al baño o a servir tentempiés y de eso puedo hablar porque ya lo he vivido. Gracias a las nuevas tecnologías pude verme “Parque Jurasico 2” (por enésima vez), un episodio “The New Adventures of old Christine” que me gustó bastante, otro de "My name is Erl "que ya había visto, una cosa horrible animada en 3D titulada “Bee Movie” y que tuve que apagar a media proyección por peligro de sufrir derrame cerebral y un cuarto de “No Country For Old Men” que me sirvió de perfecto remedio para echar una buena cabezada. Luego, cuando me desperté jugué un rato con el GPS de la pantalla hasta que me cansé y fui a la parte trasera del avión para hablar un rato con mis otros compañeros.
Antes del Polo Norte el avión rozó Islandia (buen Bacalao y tierra de esa artista gritona y malhumorada de nombre impronunciable) y después de visitar la tierra del puto Santa Claus cruzamos la Bahía de Hudson que era en esos momentos una inmensa placa de hielo resquebrajada por todas partes. De Canadá vi poco porque me entretuve a seguir las vicisitudes de una niña (tope “Curly Hair”) que no paraba de vomitar a todo trapo. Muy mona ella. Me divertí un poco con el desespero de sus padres por tratar encontrar más bolsitas para el vómito que su hija no hubiera rellenado. Creo que a mitad de vuelo ya había gastado las de los asientos que la circundaban. Yo por si acaso escondí la mía. He de decir que la pobre hacia unos ruidos espantosos. Parecía como si se hubiese tragado una manada de orcos de las cavernas y éstos luchaban por salir lo antes posible a cachiporrazo limpio. Eran unos sonidos tan guturales que ríete tu de los que emitía Danny, el niño del Resplandor cuando le daba por dar el coñazo con su insoportable y cansino (REDRUM!)


Cuando se acabó el hielo (de la Bahía de Hudson se entiende) llegaron las llanuras de Montana, tan amarillas como despobladas. Vimos también las Montañas Rocosas con más nieve para variar y por último (y ya de noche) Las Vegas y la ciudad de Los Ángeles en forma de millones de lucecitas de colores. En un momento concreto atravesamos como una especie de rio. Yo no soy un erudito en geografía pero que recuerde no pasaba ningún rio atravesando la ciudad. Me acordé de Miguel porque de accidentes geográficos sabe más que nadie y seguro que hubiera sabido decirme qué puñetas era eso. No hizo falta. Lo descubrí poco después cuando vi cientos de luces pasar raudas a través de él. Era una autopista de 14 carriles. Vamos como para ir parado, muy lento, lentísimo, rápido, a la velocidad de la luz y en contra dirección. Mientras tomábamos tierra rellené el papel verde de emigración. Me hizo gracia ver que una de las preguntas del anverso (había otras y más absurdas) era si había participado en la matanza de Judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Marque NO. En esos momentos no estaba yo para realizarme una auto regresión para poder comprobarlo.


El infierno tiene forma de aeropuerto de Los Ángeles.

Es más, es una eterna cola para control de emigración de dicho aeropuerto. Imaginaos la situación. Llega un avión con 400 pasajeros. La mayoría de ellos portando una tarjetita de color verde, previamente rellenada durante el vuelo, donde constan tus datos personales y sobre todo tus intenciones en la tierra de la libertad. Por regla general dicha tarjeta viene acompañada por otra de color blanco donde puedes declarar cuánto dinero llevas o si traes productos químicos nocivos para la salud o si has estado en contacto con carne de animal muerto. La gente se va agolpando en una sala cochambrosa, sin aparente techo. Sólo se muestran kilómetros de cables y tuberías de todos los tamaños y colores, flanqueadas de forma ordenada por una docena de banderas cargadas de barras y estrellas. Abajo, frente a las cintas que transportan las maletas hay unos mostradores con un grupo de señores sentados tras ellos. Las filas de pasajeros se amontonan por grupos. Los que son residentes por un lado, el resto por otro. Hay que serpentear unas cintas de seguridad para llegar a los mostradores. Parte de nuestra expedición entramos por el que está más cerca de la puerta de llegada. Vemos que hay sólo dos personas atendiendo a los nuevos “colonos”. El hombre (al que bautizamos como Frank) tiene un cierto aire al actor Leslie Nilsen, viste con uniforme y tiene la misma o más parsimonia que su compañera, una mujer afroamericana de orondos contornos y una cara de mala leche que no se la quita ni un 4 de Julio con fuegos artificiales incluidos. Como todos somos del club de fans del Señor Murphy nos toca la fila más lenta de todas. Es como si no tuviésemos prisa. Todo se mueve muy lento, como aquellas películas que tratan de mostrar el impacto de una gota sobre la superficie del agua. Delante nuestro hay como cien personas por lo menos. De todas las razas y colores. Cuando queremos recular nos es imposible. Ha llegado otro avión con 400 japoneses que no nos dejan retroceder. Estamos atrapados. Tanto “Frank” como su amiga tampoco tienen prisa. Hablan con cada pasajero que llega a su mostrador, le saca una foto que guarda en un ordenador y le toma las huellas dactilares de ambos índices de cada mano. Acto seguido más cháchara y después varios golpes de tampón para sellar el puñetero pasaporte. En total cinco largos minutos por persona, niños incluidos. Nadie dice nada. Nadie se queja. Más vale no abrir la boca no sea que luego no te dejen entrar. Eso si hay muchas miradas de incredulidad y de vergüenza ajena. Media hora más tarde aun estamos allí esperando. De repente “Frank” se levanta, busca debajo de la mesa y saca una bolsa blanca. Es su cena. Sin preocuparse de nada deja a su compañera sola con toda la faena. La gente no sabe qué hacer. Una pasajera es conducida a un banco para descansar, ha sufrido un amago de desmayo. Otra mujer joven de raza asiática se sienta en el suelo apoyando su espalda sobre una columna y sin abandonar la cola. Está embarazada. A José le suena el teléfono. Son Juan y Manuel (de TVE) ya han salido del control y nos esperan fuera. José les dice que mejor marchen al hotel que hay para largo. La compañera de “Frank” no acelera el ritmo. Sigue sin tener prisa. Un supervisor pasa varias veces, ve la cola y no hace caso. Una hora más tarde reaparece “Frank” ya ha cenado. La cola no se ha movido gran cosa. Han llegado más aviones y aquello parece el día de rebajas a primera hora de la mañana. Comenzamos a sentirnos como borregos. Pero nadie dice nada. Hace calor y tras el cansancio del vuelo uno comienza a marearse. Nos empezamos a preocupar por las maletas. Las cintas son cúmulos de equipaje que rebosan por todos lados. Hay maletas por el suelo, apiladas, volcadas y aplastadas. En eso la amiga de “Frank” se levanta, es ahora su turno de cena. Se escucha un siseo de mala leche en la cola, es general. Ella nos mira a todos y nos enseña la palma de la mano. Su cara es como la de una estatua. No muestra compasión. En silencio comienzo a cagarme en todo el mundo, concretamente en los Estados Unidos de América. Si no fuese porque hay doce horas de vuelo de regreso los dejaba allí plantados. Una hora más tarde aun estamos haciendo la puta cola. A este paso superaremos el tiempo de vuelo. Un nuevo supervisor pasa por delante. Nos mira a todos y acto seguido (supongo que al ver tanta cara de cabreo junta) llama refuerzos. En esto a “Frank” se le ha colgado el ordenador. En un plis plas llega su amiga y dos funcionarios más. “Frank” arregla su ordenador y la cola acelera considerablemente, eso sí no hay ni una disculpa por parte de nadie.
“Frank” me atiende. Se mira mi pasaporte. Me pregunta por qué siendo británico vivo en Barcelona. Como si fuese la cosa más extraña del mundo… En esos momentos podría haberle mandado a la mierda y de rebote al cubo de la basura. Simplemente me limite a decirle que mi padre se había casado con una española y que eran muy felices viviendo en España. Entonces me insinuó socarronamente que mi padre era un calzonazos y que la que mandaba en casa era mi madre… Supongo que eso es lo que piensan los Yankees de los Ingleses. Yo no le contesté. No tenía ganas. Me dolían los pies y quería buscar mi maleta, además ya estaba cansado de ver todo el rato su cara.
Mi maleta apareció comprimida entre varias maletas mayores. Tardé en localizarla. Estaba en el suelo junto a otros miles como ella. Mis compañeros de viaje buscaron y encontraron las suyas. De momento nadie había perdido nada. Pasamos otro control. Esta vez más pequeño y custodiado por el hermano bastardo de Bruce Lee que sufría una suerte de tic nervioso en su ojo izquierdo. Me preguntó a que venía a los EEUU y cuando regresaba a Europa. Le contesté rápido no tenía ganas de hablar con el personal del aeropuerto. Por último un policía orondo me recogió el papel blanco correspondiente a temas de alimentación y cosas declarables.

I don´t fucking love you dude!

Desconfiad de los taxis de Los Ángeles. Hacedme caso, luego no digáis que no os he advertido. Después de soportar la humillación suprema en la cola de emigración, rescatar las maletas y salir del aeropuerto nos tocó pillar un taxi para llegar al Hotel. Mi primera visión de la ciudad es un batiburrillo de rostros en la sala de espera, luego la calle abarrotada de coches. Nos dirigimos hacia una parada de taxis no muy lejos de donde habíamos salido. Allí los había de todos los colores y formas. Predominaban los amarillos, más conocidos como Yellow Cabs y los blancos y azules (si son blancos y negros y llevan dos luces azuele y rojas en el techo no subiros que son coches de policía)encontramos un monovolumen aparcado en espera de clientela. José se acercó a la ventanilla y le comentó al conductor (de origen árabe) hacia dónde íbamos. Sorprendentemente nos dijo que no nos quería llevar. A ver, no íbamos a los bajos fondos precisamente sino a Verberly Hills. El tipo era bastante desagradable y malcarado. Nos apartamos del vehículo en busca de otro taxi de las mismas características (pero con un conductor mucho más amable, debería de haberlo, de eso estaba seguro) en eso aparece un tipo de etnia hispana. Era el encargado de repartir a los pasajeros que llegaban a los taxis allí estacionados. Nos preguntó dónde íbamos y nos sugirió subirnos de nuevo al taxi del tipo borde. Le comentamos que ya lo habíamos intentado y que él se había negado a llevarnos. El chicano dio un respingo que sonó a tono malhumorado. Se acercó al taxi y comenzó a charlear con el taxista. Éste volvió a negarse. El chicano le pidió entonces que abandonara la zona. El otro tipo se negó. Cabreado el chicano abrió la puerta trasera del monovolumen y la cerró de golpe soltándole toda una suerte de improperios. Nosotros contemplamos la escena alucinados. El taxista abandonó el taxi y se encaró con el chicano. Os aseguro que por un momento pensé que aquella disputa acabaría a balazos. El chicano se calentó lo suficiente como para empujar al otro tipo de un barrigazo mientras le soltaba un “I don´t fucking love you dude!” de forma tan brusca como violenta. El taxista se acercó a nosotros. Nos dijo, en una mezcla de inglés y lengua extraña, que como habíamos sido testigos del ataque de semejante energúmeno teníamos que ayudarle. Sacó su teléfono móvil y se dispuso a llamar a la policía. Nosotros nos miramos. Si el tipejo ese pensaba que íbamos a echarle una mano y estar de su lado lo tenía bien claro. Él había empezado a ser grosero con nosotros y con el chicano así que ahora iba a buscar ayuda a “Rita la Cantaora”. Tranquilizamos al chicano que también había sacado su Walkie Takkie y se disponía a buscar refuerzos. También nos llamó a un nuevo taxi. Nos había caído muy simpático el personaje. En cuanto llegó el nuevo monovolumen le dimos propina y nos montamos en él. El tipo que se había negado a llevarnos nos miró de mala gana como si lo estuviéramos dejando de lado. Qué se pensaba ese a estas alturas. No pensábamos ayudarlo. "Fuck you asshole!" Le dijimos con todos la mirada.

Crazy Taxi.

La autopista de Los Ángeles es como un circuito de carreras y los taxistas son los ases del volante. El que nos llevó al hotel era de origen armenio. Bastante agradable (incluso charló un rato con nosotros) conducía como Emerson Fitipaldi, pero cargado de alcohol. Los giros bruscos y los frenazos eran su especialidad. Atravesamos avenidas y bulevares a velocidad del rayo, como esas películas filmadas a cámara rápida. Después de una larga travesía llegamos al hotel. Yo estaba cansado, con ganas de llamar a casa y echarme a dormir. Eran las 23 horas y ya no tenía hambre sólo quería pegarme una ducha y relajarme tumbado en la cama de la habitación.

7 comentarios:

b-lego dijo...

"Jamás entenderé que, para llegar a Los Ángeles, el avión que tomamos de Londres tuviera que cruzar uno de los bordes de Groenlandia (Polo Norte para los amigos)"

Aparte del tamaño de los frascos de colonia Brummel, la línea recta señala siempre la distancia más corta entre dos puntos.

Lo que sucede, es que para que un avión pudiera volar en línea recta desde Londres hasta Los Angeles tendría que hacerlo bajo tierra.

Como esto todavía no es técnicamente posible - a pesar de varios intentos recientes de la compañía United Airlines asesorada por ingenieros de la Arabia Saudí -, los aviones se ven obligados a volar en curva perfilando la superficie de la tierra.

Los pilotos trazan su ruta buscando la línea curva más corta posible entre origen y destino para ahorrar tiempo y combustible. Normalmente se desvían hacia los polos porque por allí la curvatura de la tierra es más leve que si lo hicieran desviándose hacia el ecuador.

Curioso, ¿no?

foscardo dijo...

Pos si gracias por la informacion. Eres un cofre de sabiduria!!!

b-lego dijo...

Naahhh, gracias, ...sólo un cajón desastre.

flor de te dijo...

Richard!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! Joer vaya viatget eh...I els americans en la seva línia de sentir-se els amos del món...en fi, pobres innocents no veuen més enllà del seu nas...llàstima que de ben segur hi ha gent maca allà...mua

SisterBoy dijo...

Santo cielo que experiencias. Cuando sea multimillonario cogere un avión a los USA y contestaré que sí, que soy un criminal de guerra responsable del campo de concentracion de Subanestrujebajen sólo para ver que me dicen. Aguardamos el siguiente capitulo

Barry Gon dijo...

ni se te ocurra, sisterboy
aqui carecen total y absolutamente de sentido del humor
consideran logico que una abuela de 80 tacos pueda vtransportar material radiactivo en el interior del osito que lleva a su nieto reciuen nacido en Alabama
y ya puedes estar forrao, que la retencion en inmigracion esposado un tobillo al banco durante un minimo de4 6 horas no te la quita ni el embajador del guayomini
os aseguro que la entrada en los angeles es una maravilla, como un parque, si la comparamos con chicago o nueva york

b-lego dijo...

Sólo por hacer un ensayo instantáneo de hipocresía comparada, esta es la traducción según Wikipedia del soneto que se puede leer en una placa de bronce en la base del monumento "La Libertad Iluminando al Mundo" (a.k.a. "Estatua de la libertad"):


El Nuevo Coloso
No como el mítico gigante griego de bronce,
De miembros conquistadores a horcajadas de tierra a tierra;
Aquí en nuestras puertas del ocaso bañadas por el mar se yerguerá.
Una poderosa mujer con una antorcha cuya llama
Es el relámpago aprisionado, y su nombre.
Madre de los Desterrados. Desde el faro de su mano
Brilla la bienvenida para todo el mundo; sus templados ojos dominan
Las ciudades gemelas que enmarcan el puerto de aéreos puentes
"¡Guardaos, tierras antiguas, vuestra pompa legendaria!" grita ella.
"¡Dadme a vuestros rendidos, a vuestros pobres
Vuestras masas hacinadas anhelando respirar en libertad
El desamparado desecho de vuestras rebosantes playas
Enviadme a estos, los desamparados, sacudidos por las tempestades a mí
¡¡Yo elevo mi faro detrás de la puerta dorada!"

(Emma Lazarus, 1883).