miércoles, abril 02, 2008

Historias de hospital

Hace días que no hablo de mi hermana ni de la situación que está viviendo encerrada en la sala de psiquiatría del hospital. Ya sé que me he ido por los Cerros de Úbeda con temas más banales y menos serios que el drama que está viviendo ella cada día. Porque ella sigue defendiendo su cordura, que la tiene, y lucha por no parecerse al resto de habitantes que pueblan aquel lugar, aunque a veces si no prestas las suficiente atención puede llegar a confundirse con uno de ellos.

A ella, como a mí, también le suceden cosas. No son situaciones nada agradables os lo puedo asegurar. Me informa en cada momento de aberrantes anécdotas sobre aquellos que comparten en estos momentos su espacio vital. Sus aventuras no son las mías. Son pequeñas películas de terror tan reales como la vida misma.

Hace unos días me comentó, en una de la ocasiones que la fui a ver sin los niños, que un enfermo, un hombre de unos 35 años, entró en su habitación pidiéndole que le hiciera una felación. Ella lo mandó a la mierda. Aun tiene fuerzas para hacerlo. Suerte que el hombre encontró diversión en la compañera de habitación, una joven con problemas de esquizofrenia que suele dormir vestida (zapatos incluidos) y ducharse (desnuda) con la puerta abierta para que todo el mundo la vea. Mi hermana me contó que los escuchó en el baño, jadeando. Al día siguiente avisó a la doctora y supuestamente pusieron cartas en el asunto.

Hace unos días me hablo de que una enfermera se emperró en que tenía que tomar una medicación (unas gotas) a toda costa. Mi hermana, con voz casi inaudible le dijo que no, que aquella no era su medicación que se estaba equivocando. La enfermera en vez de comprobarlo se enfadó con ella y se la obligó a tomar. Mi hermana me dijo que se había pasado toda el domingo somnolienta, sin poderse mover ni siquiera parpadear. Al día siguiente la enfermera entra en la habitación y le pide disculpas, se había equivocado de enferma.

También presenció un ataque de locura de uno de sus compañeros, un chico sordomudo al que a veces saludo y trato de mantener una conversación con signos. El ataque le dio hace un par de noches. “Me asuste mucho…” Me dijo con su voz apagada. “Yo estaba en el mostrador esperando mi medicación, me empujó y arrancó el teléfono de cuajo… Hicieron falta cuatro enfermeros para contenerlo y llevárselo a la habitación especial para los que sufren ataques…” Añadió. “Allí lo ataron a la cama y le inyectaron un calmante. Hasta esta mañana no lo han vuelto a soltar.” No ha sido el único que ha visto con ese tipo de comportamiento y ella no ha sido la única que me lo ha contado.

“El otro día me robaron la chaqueta” Me dice. “La llevaba otro enfermo puesta”.

Ahora tiene problemas de orina. Lleva pañales, a veces. En otras ocasiones se hace pis en la bragas. La doctora ya está al corriente de eso. Espero que ponga cartas en el asunto.

Hace unos días recibió una visita sorpresa, era Aurora la señora de la habitación contigua cuando estaba en la planta de abajo; la que fue testigo del desagradable episodio de malos tratos por parte de sus ex cuñadas la noche que fueron a montar bulla al hospital; la que fue su apoyo, junto a María cuando, tras recibir las visitas sorpresas de “la Sargento de Hierro” se ponía histérica y había que tranquilizarla. Mi hermana me contó que ambas se abrazaron y que lloraron un buen rato. Aurora vuelve a tener a su padre enfermo y nada más llegar al hospital se enteró que mi hermana aun estaba allí pero en la planta de arriba. Subió rauda a saludarla. Se alegró mucho de que yo tuviera la custodia de los niños y que ella por fin se hubiera divorciado.

Ahora cada vez que voy a verla voy con los niños. Adam es el que más se muestra cariñoso con su madre. A Laura le cuesta más aunque os prometo que lo intenta, bueno no sabe muy bien disimularlo. Aun hay mucho recelo.

Cuando llegamos la vemos venir con pasito lento, es como una muñeca de esa a pilas que camina. Torpemente pero decidida. Se le ponen los ojos brillantes cuando nos ve. Se abraza a sus niños y los llena de besos sonoros. Los enfermeros del turno de tarde la miran con ternura y tristeza. Es un sentimiento universal para todo aquellos que la conocen y se cruzan en su camino. Mi sobrino la agarra del brazo y la acompaña por el pasillo hasta la salita donde nos sentamos y charlamos un rato. Lo que se puede. Ella se cansa muy rápidamente. La miro de reojo cuando mira a sus hijos. Se le ve orgullosa de ellos. Sabe que son el mejor regalo que ha podido aportar a este mundo y el mejor regalo que me pueda haber dado a Miguel y a mí. A veces acaricia la mano de su hijo. Este le sonríe. “Mi madre es sagrada para mí” nos dice.

No sé cuanto más podrá vivir. Ella sospecha que no mucho. Yo he de confesar que también, para que engañarnos. No hablamos de su enfermedad. El Parkinson no tiene cabida en nuestras conversaciones. Lo mandamos de un puntapié en el culo al final del pasillo. Pero tarde o temprano enseguida vuelve recordándonos que aun sigue allí formando parte de ella para el resto de su existencia.

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