sábado, septiembre 09, 2006

¡Canas!

Hace unos días me corte el pelo con la maquinilla eléctrica. Mientras retiraba los mechones de la cabeza contemplé sorprendido la cantidad de canas que había allí reunidas, todas junta, como mirándome maliciosamente y diciendo: ¡Hoooolaaaaaaaaaa buenassssss! ¿Qué no te estas dando cuenta de que te estas haciendo viejooooo?" No salía de mi asombro. Ahí estaban todos esos pelos blancos entre mis dedos. Veamos, sabía que tenía canas, suelo verla cuando me contemplo en el espejo y eso a pesar de que mi pelo es rubio (pero no de bote) por lo que se me camuflan bastante. A ver, un momentito, no os penséis ahora que me ha entrado la melopera de que me estoy haciendo viejo así como de repente... Se que tengo casi cuarenta años y que mi cuerpo está entrando (eso si, sin pedirme permiso) en la etapa denominada segunda edad, vamos cuando la madurez precede a la chochez... Es curioso, pero aun y así yo me siento joven. En primer lugar hago cosas que mis padres no hacían a mi edad (y eso que mis padres eran bastante modernos y adelantados a su época). Pero yo no me imagino a mi padre, jugando a videojuegos, navegar por “Internet” en busca de ficheros para descargar, ser friky de "Star Wars" o del DVD o incluso vestir como yo visto. Vamos llevando una vida como la mía mucho más desenfadada. Él a los cuarenta ya tenía una familia más que creada (¿cuantos de nosotros a los cuarenta la tenemos?), con un trabajo fijo en una multinacional con pretensiones de llegar a manager de la misma (no comment) y una actitud hacia la vida que quizás veo ahora mismo mucho más reflejada en personas de cincuenta años.
Sino fijaos... Hoy en día a una persona de veinte años la vemos como a un un niño. En la época de mis padres con veinte años ya se formaba una familia y se comenzaba a tener trabajo. A los veinticinco años ya se era padre de, por lo menos, un churumbel y a los treinta ya, en algunos casos, se tenía familia numerosa. Mis padres, por ejemplo, se casaron a los veintiocho y ya los veían como demasiado viejos. Hoy en día es más común tener hijos a partir de los treinta o incluso a los cuarenta o tener pareja estable a los treinta y casarse a los treinta y seis que en se época. Antes una persona de sesenta años era un viejo, ahora se le ve como una persona de cincuenta. Los de ochenta tienen el aspecto que tenían los de sesenta treinta años atrás.
Algo está pasando...
Supongo que la calidad de vida que llevamos es mucho mejor que la de nuestros padres o abuelos, los valores también cambian y con ellos las actitudes (como la estúpida costumbre de vestirse de negro para la eternidad en muchas mujeres al llegar a los cuarenta) Eso sí, las cremas regeneradoras, el “Botox” o la cirugía estética también hacen maravillas.
Pero hay cosas que no cambian… las canas. Son puntuales como el conejo blanco (valga la redundancia) de "Alicia en el País de las Maravillas". Pueden esconderse, pero siempre vuelven a salir. Son implacables. Pero da igual, al final acabas acostumbrandote a ellas. Incluso las ves atractivas (dicen las malas lenguas que son signo de sabiduría...) A partir de ahora cuando las veo asomar en el espejo, me miro fijamente a los ojos y me digo en voz alta: "Tengo canas por que mi cuerpo envejece, pero mi alma sigue siendo joven."

2 comentarios:

La caminante dijo...

Esa es la tesis de Ana Obregón.

foscardo dijo...

jajajaja pero si ella no tiene cerebo!!!!